Tercer domingo de Adviento (ciclo C):

La alegría del nómada

Los nómadas del desierto están siempre pensando en el agua. Son escasos los lugares donde pueden tomar provisiones, que han de bastarles luego para largas caminatas. Por eso disfrutan del día en que llegan al oasis y pueden celebrar la fiesta del agua. Agua para beber en abundancia, para lavarse el cansancio de los largos días bajo el sol.

Pregunté a uno de aquellos nómadas cuáles eran sus momentos de mayor felicidad. Yo esperaba que me respondiese: aquellos que pasamos en el oasis, disfrutando del agua. Me dijo, sin embargo: “No son esos días los más felices. Es verdad que se puede beber en abundancia. Pero se sabe también que aquello no durará. Se sabe que al día siguiente habrá que ponerse en camino, y el nivel de agua de nuestros cántaros empezará a disminuir, de día en día”.

¿Y entonces? “Solo hay un momento  en que se sabe que el agua aumentará, que al día siguiente habrá más agua, más descanso, más felicidad. Es el día anterior a nuestra llegada a la fuente. Este es el día de mayor pobreza, se pasa sed y se lleva encima el cansancio; pero sin embargo se camina ligero, como si nada pesase, porque se está seguro de que, al día siguiente, habrá más: más agua, descanso y vida.”

Su respuesta era la perfecta respuesta de un nómada. La verdadera alegría no la dan las posesiones, sino la esperanza. Nosotros, también nómadas de la vida, aprendemos así la verdadera alegría del Adviento, que las lecturas de este domingo nos recuerdan. “Alégrate, hija de Sión”, canta el profeta. No es la alegría del que tiene muchas cosas, sino la del que sabe que mañana habrá más, que la felicidad irá en aumento. Es la alegría de la esperanza, parecida a la de la madre que, como María durante estos días, aguarda el nacimiento de un hijo.

En nuestro camino, el agua que necesitamos para vivir es lo más precioso que tenemos: el amor. Nos pasa también que ese agua del amor parece gastarse a medida que caminamos. El amor parece que se hace viejo, que se agota. Ya no amamos a nuestro esposo como antes; vemos a nuestra mujer llena de defectos; hemos crecido y se nos hace difícil querer a nuestros padres...

¿Se imaginan ustedes cuál sería la mejor noticia que podríamos dar a nuestro nómada? Les respondo: Que puede llevarse consigo el manantial. Si del fondo de sus cántaros brotase una fuente, sabría que siempre habrá más agua; que por mucho que beba, el manantial siempre manará más.

Esto es lo que sucede en el evangelio de hoy. Juan Bautista dice que no es digno de desatar las correas de las sandalias de Jesús. Según la tradición del Antiguo Testamento, es una forma de decir que Jesús es el novio que anuncia la alegría del banquete de bodas. Quien tiene consigo al novio sabe que el amor va a crecer, pues se acerca el día de la boda.

El Adviento te invita a esperar. La fe nos anuncia que llega a nuestra vida el manantial mismo del amor: Jesús, el novio. La alegría del Adviento es enorme, porque vamos a poder llevarnos en nuestros cántaros al amor. Si le ponemos en nuestro matrimonio, en nuestra familia, el agua nunca se acabará: el día de mañana habrá más amor, más paciencia, más fortaleza para caminar juntos. Mañana habrá más, y esta es la alegría del peregrino. “Alégrate, hija de Sión, porque el Señor, fuente de esperanza, está en medio de ti.”

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