Tercer domingo de Adviento, ciclo A:

El camino de los pequeños

El tercer domingo de Adviento nos presenta la alegría y, al mismo tiempo, la dureza de la espera. Se hace largo el tiempo. Cuando empezó la noche y empezamos a caminar, sentíamos la ilusión del camino apenas estrenado. Y cuando nos vayamos aproximando a la Navidad, la mirada se fijará en el pesebre vacío. Pero ahora, a la mitad del Adviento, se siente el cansancio de la noche. ¿Eres tú el que has de venir, o tenemos que esperar a otro? He ahí la pregunta de Juan Bautista, desde la prisión.

El domingo pasado celebramos la fiesta de la Virgen de Guadalupe: ella sigue presente durante todo el Adviento y nos anima en la espera. Recordamos la historia del indio Juan Diego, que nos cuenta el Nican Mopohua. También él tuvo que luchar y caminar. El obispo de México, Don Juan de Zumárraga, no hacía caso a su testimonio. Él volvía otra vez a los pies de María para decirle: “Ya me despido de Ti respetuosamente, Hija mía la más pequeña, Jovencita, Señora, Niña mía, descansa otro poquito”.

Hubo un momento en que, ya cansado de la lucha, pidió que María encargase la misión a otro más grande. Decía Juan Diego: “Reina, Muchachita mía, que a alguno de los nobles, estimados, que sea conocido, respetado, honrado, le encargues que conduzca, que lleve tu amable aliento, tu amable palabra para que le crean. . . . Señora, Niña; por favor, dispénsame”.

María, sin embargo, le pide que siga adelante; es necesario que siga adelante, porque su obra ha de realizarse a través de los pequeños. La Virgen se dirige a Juan llamándole desde el principio “Juanito, Juan Dieguito”, y le dice: “escucha, el más pequeño de mis hijos . . . ”. María quiere repetir en sus siervos su misma historia de obediencia, precisamente para que sean capaces de seguir esperando sin cansarse. María y Juan Dieguito comparten el mismo camino de sencillez, de humildad. Por eso María llama a Juan Diego “mi hijo más pequeño”, y Juan Diego dice a María: “mi niña más pequeña”.

Pues solo la sencillez y la humildad son capaces de soportar la espera que se alarga, y esta es la lección de la Virgen, repetida en este Adviento. La espera no se vence solo con fuerza o resistencia admirable. Es preciso, sobre todo, una vida sencilla, que deje de lado las dudas que ponen en peligro la espera. Son las dudas que se nos vienen sin cesar a la mente, dudas sobre el sentido del camino, sobre el tiempo que falta o sobra, sobre los pasos cotidianos. La sencillez pone remedio, pues se confía solo en Dios, y podemos escuchar a María, que nos dirige las mismas palabras que a Juan Diego:

“Escucha, ponlo en tu corazón, hijo mío, el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió, que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad, ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante, aflictiva. ¿No estoy aquí, yo, que soy tu madre? ¿no estás bajo mi sombra y resguardo? ¿no soy, yo la fuente de tu alegría? ¿no estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos?...” Y lo mismo dice Jesús en el evangelio de hoy: “Id a decirle a Juan lo que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los sordos oyen y los pobres son evangelizados”.

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