Segundo Domingo de Adviento, ciclo A:
El Espíritu del Adviento
A Juan Bautista nos lo encontramos al principio de la Cuaresma y también ahora, al empezar el Adviento. Toda conversión cristiana, que es preparar el alma para que Dios llegue, necesita primero la figura del Precursor.
¿Qué nos dice Juan Bautista en el Adviento? Nos habla del tiempo que camina hacia Jesús. Vemos que en nuestra vida falta la justicia, la paz, el perdón. Vivimos enemistados unos con otros: como el lobo y el cordero, como la serpiente y la paloma. Y parece que no nos movemos, que la Navidad se acerca y nos sorprenderá sin haber preparado la posada para Jesús.
El Bautista nos consuela: alguien vendrá a bautizar en Espíritu. Lo mismo dice Isaías en la primera lectura: descenderá en plenitud el Espíritu del Señor, que restablecerá la paz de los comienzos del mundo, cuando no había enemistades ni violencia. ¿Quién es este Espíritu y cómo obra en nuestra vida?
El Espíritu es el que nos pone en camino en la vida, el que hace que podamos avanzar en esperanza hacia Dios. Podemos comparar nuestro viaje con el de un marinero que surca los mares. El Espíritu sería entonces como el viento y el aceite. El viento hincha las velas del barco y le empuja para que avance. El aceite, por su parte, sirve para preparar la madera del barco, de modo que pueda echarse a la mar; permite a la nave ser flexible, hace que la quilla rompa las olas y se abra un camino entre las aguas.
Como el marinero nosotros necesitamos este Espíritu, que es viento y aceite. No nos movemos en la vida porque nos falta el viento que empuje desde atrás. Es que nuestro pasado nos paraliza: son los miedos, los rencores, la falta de perdón. Pero dejemos que venga el Espíritu, es decir, aprendamos a poner nuestro pasado en las manos de Dios, en su misericordia y su perdón, reconozcamos que todo lo que tenemos es un regalo suyo, y notaremos el viento soplar a nuestra espalda.
Lo mismo pasa con nuestro futuro. No podemos avanzar porque nos paraliza el miedo y la incertidumbre. Pero dejemos que venga el aceite del Espíritu, es decir, confiemos en el amor de Dios, pongamos el mañana en sus manos. Entonces el barco será flexible para abrirse un camino.
Al mirar atrás, que veamos siempre el amor del Padre, que nos creó y nos cuida; al mirar adelante, que contemplemos siempre sus brazos abiertos, que nos esperan. Y entonces seremos libres para mover el timón, para cambiar nuestra vida, entregando cada momento presente al amor.
© 2007 Fr. José Granados, All Rights Reserved