Primer Domingo de Adviento, ciclo A:

Hora de despertar

Cuando el lector se acerque en este primer domingo de Adviento a proclamar la segunda lectura, abrirá la Biblia por el mismo lugar por el que la abrió, hace mucho tiempo y en un momento crucial de su vida, San Agustín. El Santo luchaba entonces contra sí mismo. Quería entregarse a Dios pero veía al mismo tiempo sus pocas fuerzas: estaba demasiado apegado a sus vicios y miserias. Entonces escuchó la voz de un niño que cantaba en el jardín vecino: “Toma y lee, toma y lee...” Agustín tomó el manuscrito con las cartas de San Pablo, y al abrirlo leyó el texto que encontramos hoy, al empezar el Adviento: “Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno... revestíos del Señor Jesucristo.”

¿Qué estás deseando, Agustín? le preguntaba Dios en aquel momento decisivo. Y nos lo pregunta también a nosotros al empezar este camino del Adviento: ¿qué deseáis? ¿cuáles son los deseos que habitan vuestro corazón? Los deseos son muy importantes porque nos ayudan a movernos en la vida, y por eso son la fuerza que nos invita a crecer, a caminar. Lo que le pasaba a Agustín es que sus deseos estaban enfermos, como si se les hubiesen atrofiado las alas. San Agustín describe esta situación de la misma forma que Jesús en el evangelio de hoy: nuestros deseos están dormidos. Es como alguien que sabe que ha llegado la hora de levantarse, pero quiere seguir un rato más en la cama. Muchas veces nuestros deseos son como los de un sueño. Lo que diferencia al sueño de la realidad es que en el sueño no puede caminarse, que todo se acaba en el presente. Es como esas pesadillas en que corremos y nunca alcanzamos la meta. O esas otras en que todo se repite y es imposible escapar de mil amenazas.

Así son muchas veces nuestros deseos. Deseamos disfrutar de los otros, de nuestra mujer e hijos, de nuestro novio o novia: queremos gozar de su cariño y consuelo. Pero no vemos en ellos una invitación a construir una amistad duradera, una invitación al respeto, que muchas veces requiere sacrificio. Son deseos dormidos, deseos que no ayudan a construir la vida.

Empezamos el Adviento: tiempo de despertarse, de aprender a desear lo verdadero, lo que nos hace crecer. Es el deseo de amar de verdad a los tuyos. Es sobre todo el deseo de Dios, el único que puede llenar nuestro corazón.

Agustín se despertó al leer este texto de San Pablo. En él escuchó una llamada poderosa, la del Señor Jesús: ¡Revestíos del Señor Jesucristo! El tiempo de Adviento es un momento para ponerse en camino, porque Dios ya se ha puesto en camino hacia ti. Podemos aprender a desearle porque sabemos que Él ya desea estar con los hombres, lo desea tanto que está haciendo el equipaje y se ha puesto en camino hacia nosotros, hacia Belén, hacia la Navidad...

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