XXXII Domingo - ciclo B:

Dar a Jesús lo que nos separa de Él

Había una vez dos ciudades muy, muy cercanas. Tanto, que cuando crecieron un poco, llegaron a estar pegadas la una a la otra, de modo que compartían un trozo de la muralla. Ocurrió que un enemigo común empezó a sitiarlas. La situación era difícil: tenían que reforzar la muralla, y cada soberano hizo lo que pudo para conseguir piedra de sus canteras. Pero la piedra se acabó y los muros no eran todavía bastante sólidos para aguantar las cargas del adversario. Llamaron entonces a los sabios de los dos reinos y uno de ellos dijo. “Majestades no tienen que fatigarse buscando piedras. Sólo hace falta que derriben el muro que separa las ciudades y utilicen los cantos para reforzar lo demás de la muralla. Ninguno de ustedes perderá nada. Eso sí, a partir de ahora, la suerte de las ciudades será común: si una resulta derrotada, también lo será la otra.” Lógico y fácil, ¿verdad? Pues los reyes se negaron a hacerlo. Antes estaban dispuestos a renunciar a sus palacios, a destruir las casas... todo menos derribar ese pequeño trozo de muralla.

El ejemplo nos puede ayudar a entender las lecturas de hoy. En la primera, el profeta Elías encuentra a una viuda que está a punto de morir de hambre. La viuda da a Elías lo que tiene; es bien poca cosa, pero con ello ha derribado el muro que la separaba del profeta. Ahora correrán la misma suerte, y ella se beneficiará de las bendiciones de Dios.

Lo mismo ocurre en el evangelio. Entre muchos que donan grandes cantidades, hay una viuda que da muy poco. Solo Jesús se da cuenta de su ofrenda. Jesús, igual que Elías, y mucho más que Elías, va a dar toda su vida: en el evangelio que leemos se acerca su muerte en Cruz. Tampoco Él tiene muchas posesiones, su ofrenda no hará mucho ruido cuando la entregue. Pero lo va a dar todo, como nos recuerda la segunda lectura. La viuda, sin saberlo, con su pequeña ofrenda, está derribando las murallas que le separan de Jesús, uniendo su suerte con Él.

Nos da miedo escuchar que Jesús nos pide todo. En realidad lo que quiere es que derribemos el pequeño trozo de muralla que nos separa de Él. Dale tu tiempo en tu oración, en la confesión, en la Eucaristía. No perderás nada y reforzarás tus murallas.  

Lo mismo pasa en tu casa, con tu esposo y tus hijos. También a ellos quiere Jesús que les des todo, como hizo la viuda. No se trata de que les colmes de juguetes y regalos que no necesitan y les hacen más mal que bien. Dar todo significa eliminar lo que te separa de ellos, hacer que sus problemas sean los tuyos, escuchar sus preocupaciones. ¿Cuántas cosas te quedas para ti, sin compartir con ellos? ¿Cuánto callas a tus padres, sin comunicarles tus problemas y dudas? ¿Cuántas veces intentas colmar con regalos costosos el tiempo que no dedicas a tus hijos?

Como los reyes de aquellas dos ciudades, saldríamos ganando si derribáramos ese pequeño trozo de muralla, el de nuestra independencia y nuestro aislamiento. Y podríamos reforzar la muralla común.

© 2006 Fr. José Granados, All Rights Reserved