Trigésimo segundo domingo (C):

 

Sembrar en el cuerpo la resurrección

En este mes de Noviembre, en que recordamos a nuestros difuntos, nos sale al paso este evangelio donde Jesús habla de la resurrección. Los saduceos le presentan al Maestro una dificultad: una mujer que se casó varias veces, ¿qué marido tendrá en el cielo?

Jesús empieza diciendo que en el cielo se dará una transformación. El amor que tuvimos a nuestra mujer o nuestro marido, a nuestros hijos, a nuestros hermanos, será también transformado. Pero no tengamos miedo: no desaparecerá ni disminuirá. Pues si en la tierra somos capaces de amar es porque vivimos cerca del manantial del amor, que es Dios mismo. Y al final de nuestro viaje nos sumergiremos enteramente en esa fuente del amor. Seremos como espejos que, cuanta más luz reciben de Dios, más luz pueden regalar a los demás.

El cristiano cree además en la resurrección de la carne. Después de la muerte el alma sigue viva, porque es inmortal, pero queda a la espera de volver a unirse con el cuerpo. Esto nos parece extraño porque solo miramos al cuerpo como fuente de males. Nos parece que es material, bajo, lleno de dolores y achaques, de enfermedad...

Pero aprendamos a mirar al cuerpo de otra forma. Nuestro cuerpo es, sobre todo, un testigo del amor a que estamos llamados. El cuerpo nos dice que no nos hemos creado a nosotros mismos, nos recuerda que venimos de Dios, quien nos ha tejido en el vientre materno. Por nuestro cuerpo estamos presentes a los demás y podemos comunicarnos con ellos. El cuerpo nos dice que estamos llamados a amar: el marido a su mujer, la madre a sus hijos...

El cuerpo es como la tierra y la vida eterna será la planta que nazca en ella. Podemos sembrar en el cuerpo amor falso – mero placer o sentimiento egoísta que utiliza a la otra persona. Entonces estamos sembrando semillas de muerte, porque ese amor pasa como la espuma. Pero si sembramos en el cuerpo amor verdadero – el que descubre la belleza de la otra persona y quiere siempre su felicidad, el que sabe que Dios es fuente y fin del amor –estamos sembrando en el cuerpo la resurrección. Si el cuerpo aprende a amar de verdad, a ser generoso, a olvidarse de sí mismo y entregarse a los demás – como el cuerpo de Jesús en la Eucaristía – entonces tiene una promesa de inmortalidad. Como dijo el poeta Quevedo: “será ceniza más tendrá sentido, polvo será, mas polvo enamorado.” Y el amor verdadero no muere: por eso el cuerpo que ha amado de verdad, espera confiado la resurrección.

Y Dios resucitará la carne que ha sufrido por Él y por los hermanos, el vientre que ha acogido cada nueva vida, las manos que han ayudado a los que sufrían, los pies que han caminado para visitar al enfermo. Resucitará la carne que ha recibido el agua del Bautismo y el cuerpo y la sangre del Señor.


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