XXX Domingo - ciclo B:

Caminar sobre tierra firme

La vida es un camino. Lo decían ya nuestros antiguos: “Todos cuantos vivimos y sobre pies andamos -aunque acaso en prisión o en un lecho yazgamos- todos somos romeros que en un camino andamos”. Todos somos romeros, caminantes, peregrinos. Basta que pensemos en un día cualquiera de nuestra vida. Desde que la mañana a la noche todo son carreras, idas y venidas de aquí para allá, prisas.

Es bueno, por eso, que nos preguntemos: ¿llevan a alguna parte nuestros caminos? Les cuento una historia breve que ilustrar el asunto. Caminaba un hombre por los hielos de la Antártida. Mirando a su brújula se aseguró bien de que tomaba rumbo norte, y estuvo corriendo todo el día. Al anochecer volvió a comprobar su posición, atendiendo a las estrellas. Para su sorpresa vio que estaba más al sur que el día anterior. ¿Cómo era posible? ¿No se había asegurado de que su rumbo no se desviara un ápice del norte? Lo que el hombre no sabía es que el hielo sobre el que viajaba se había desprendido del continente y era arrastrado por las aguas hacia el sur, convertido en un gigante iceberg. Por mucho que él corriera hacia el norte, el bloque le llevaba consigo, en dirección contraria a donde quería.

Caminamos nosotros también, nos esforzamos por correr tras nuestra felicidad. ¿Hemos comprobado que estamos en tierra firme? ¿No estaremos moviéndonos sobre un gran bloque que se desplaza sobre las aguas del mar, de aquí para allá, sin rumbo fijo?

El evangelio de hoy nos enseña precisamente a caminar en firme. Un ciego está sentado al borde del camino. No tiene luz para moverse. Pero sí un oído atento, que le permite escuchar que Jesús pasa. Grita entonces: “ten piedad de mí”. Muchas veces a nosotros nos falta la luz para el camino. En vez de correr y agitarnos, sería bueno aprender a ser pacientes. Tenemos defectos, cegueras, debilidad. Si creemos que Jesús se acerca, entonces con nuestra paciencia estamos caminando hacia Él. A lo mejor dices: no me muevo, las cosas no mejoran, ¿para qué seguir confiando en Dios? No te das cuenta: Él viene hacia ti. Aunque parezca que tú no das pasos, tu paciencia te hace estar cada día más cerca de la salvación. Si te mueves, si te agitas, si te preocupas en vano, te acabarás alejando de Jesús.

Jesús entonces llama a Bartimeo. Es el momento de caminar despacio, porque no hay todavía luz. Otros tienen que guiarle, que tomarle de la mano. ¿Sabemos caminar de esta forma? ¿Sabemos dejar que nos ayuden en el camino? ¿O queremos ser siempre nosotros los que vean y decidan la ruta que han de seguir?

Por fin Bartimeo, por obra de Jesús, recobró la vista. Y el evangelio concluye diciéndonos que el ciego “seguía a Jesús por el camino”. Hay momentos de la vida en que el Señor nos abre los ojos, nos da luz para caminar. Podemos ahora seguirle. El Señor nos ha sacado de ese bloque de hielo que se movía a la deriva y nos ha puesto en tierra firme. Acercarse a Jesús en la oración, en la Eucaristía, verle para poder tener su luz y alcanzar a seguirle: es un buen truco para encontrar el verdadero camino, el camino por el que merece la pena correr y saltar, porque cada pequeño paso nos acerca a la meta.

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