Trigésimo domingo del tiempo ordinario (C) :

 

La corriente de Dios

Dos hombres fueron al templo a orar: un fariseo, un publicano. El fariseo es un hombre justo, que se comporta bien con Dios y los demás. Ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de sus ganancias. ¿Cuál es entonces su fallo? ¿Por qué su oración no le aprovecha? Podríamos pensar que no ha reconocido que su bondad viene de Dios. Y sin embargo su oración comienza así: “Padre, te doy gracias ... ” ¿Qué es entonces lo que hace mal?

Hay dos maneras de agradecer a Dios los bienes. La primera puede compararse con el buscador de piedras preciosas que ha excavado lo hondo de una montaña para llenar su bolsa de diamantes. Este hombre reconoce que toda su fortuna le viene de la montaña. Pero una vez que él se ha hecho rico, puede separarse de la montaña, olvidarse de ella: ya no la necesita más.

La otra forma de agradecer a Dios es como la de los hombres que viven cerca de un río, navegando por él, pescando en sus aguas. Estos hombres reconocen que toda su riqueza viene del manantial, arriba en la montaña. Pero además saben que nunca pueden dejar de agradecer a la fuente, porque si la fuente se detiene por un instante, el río se secará. El río tiene que estar siempre unido a la fuente, siempre recibiendo de ella.

Esta es la verdadera forma de agradecimiento. Dios no es solo el que nos dio las cosas al principio, como la montaña al minero, sino el que nos las continúa dando en cada momento, como la fuente al río. Esto es lo que no tiene el fariseo. Porque si estuviese recibiendo de la fuente entonces tendría el mismo corazón de Dios, su mismo amor por los hombres. Pero no le importan nada los demás, los desprecia; no está interesado en que cambien de vida y se acerquen a Dios.

El que ora bien se convierte en la bombilla por la que pasa la corriente de Dios. Orar significa participar de esta corriente, dejar que pase por nosotros su amor. Entonces nos llenamos de luz y esa luz alumbra a los demás, ilumina sus vidas, porque Dios es amor y fuente de dones...

La parábola de hoy nos recuerda también la acción de Jesús por nosotros. Él era el único hombre justo, sin pecado. Pero en vez de pensar en sí mismo y enaltecerse, se humilló, se hizo pequeño. De esta forma nos demostró el amor que Dios nos tiene y se convirtió en luz para todos. Los hombres que le vieron crucificado, nos dirá San Lucas, volvían a su casa “golpeándose el pecho.” Es precisamente así como ora el publicano de la parábola: “se golpeaba el pecho y pedía misericordia.” El que se acerca a Jesús aprende a orar a Dios, a reconocer la fuente del amor. Y se transforma, a su vez, en manantial de conversión para sus hermanos.


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