Domingo XXIX del tiempo ordinario (C) :

 

Orar con el reloj de Dios

Jesús cuenta hoy una parábola sobre la necesidad de orar con insistencia. Un juez inicuo hace caso a una viuda molesta, que le pide justicia sin cesar, solo para librarse de ella. Dios, que es un juez bueno, ¿no responderá con rapidez? Al escuchar esta parábola podemos preguntarnos: ¿Por qué muchas veces parece que nadie responde a nuestra súplica? Tenemos sufrimientos que no desaparecen, sufrimos injusticias que no se van.¿Es verdad que Dios responde siempre con rapidez?

Lo que ocurre es que el reloj de Dios va a un ritmo distinto. En nuestro mundo moderno estamos acostumbrados a lo inmediato: mando hoy un email y sé que enseguida llegará al otro confín del mundo. El tiempo de Dios no es así. Recuerdo un sacerdote que decía siempre, cuando alguien se ponía nervioso porque Dios parecía no responder: “¡Dios no es como el tren de las nueve y veinticinco!”

Podemos pensar que Dios es como un músico que quiere tocar para nosotros una magnífica sinfonía. Imaginen entonces que alguien dijese al músico que tocase más deprisa, que quiere recibir ya, ahora, la belleza de toda la melodía. La respuesta es clara: eso no es posible porque entonces ya no sería la misma música, sino algo distinto. Toda la armonía se habría perdido. En la música tiene que haber momentos pausados y momentos veloces, momentos suaves y momentos de brío.

Orar significa sintonizar con la música de Dios, darnos cuenta de que Dios está tocando para nosotros. La melodía se refiere a nuestra misma vida, a cada momento de gozo o dolor, a nuestra vida en familia y en el trabajo. El que no ora no entiende la música de su vida: todo le parece ruido sin sentido. Dios responde enseguida a nuestra oración: en cuanto oramos de verdad, escuchamos su música, nos damos cuenta de que hay una meta y de que merece la pena seguir caminando. Pero a la vez tenemos que seguir pidiendo con perseverancia, porque la música se va tocando despacio, y solo si somos pacientes nos llenará de felicidad.

Cuando venga el hijo del hombre, concluye hoy Jesús, ¿encontrará fe en la tierra? La oración tiene que ir siempre unida con la fe, tiene que saber escuchar a Dios, incluso cuando todo parece silencio. Es que la música de Dios es misteriosa. Dios hace justicia enseguida, con rapidez, pero lo hace siempre a través de la cruz y el sufrimiento. En el reloj de Dios, muchas veces la aguja pequeña se adelanta a la grande, lo humilde va primero que lo grandioso.


© 2007 Fr. José Granados, All Rights Reserved