XXVIII Domingo - ciclo B:

Ser perfectos

“Si quieres ser perfecto... ven, sígueme”. Son palabras de Jesús a aquel joven rico. Te las dirige el Señor también a ti: ¿quieres ser perfecto? Tal vez digas que no, que te contentas con lo que ya tienes. Eso es lo que respondió aquel joven: el resultado fue una gran tristeza.

Nos preguntamos: ¿Es que no puede haber término medio? ¿Hay que elegir entre caminar hacia la perfección o marcharse cabizbajo? Según Jesús no queda otra alternativa. Tratemos de entender sus palabras.

En primer lugar, no se imaginen ustedes que ser perfecto significa batir algún record mundial destacando sobre el resto de la humanidad. Perfecto es el que termina su obra, aunque sea una obra pequeña o poco notoria. Jesús les dice: ¿quieren ustedes tomar en serio hasta el final la educación de sus hijos, el amor a su esposo o esposa, el respeto a sus padres? ¿O prefieren que todo esto sea como una obra inacabada, como el escultor que deja la estatua sin cabeza ni brazos?

Por eso, en el camino cristiano hay solo dos posibilidades: caminar hacia la meta o caer en tierra. Podríamos compararlo con un viaje en bicicleta: solo podemos sostenernos cuando estamos en marcha. Intenten ir muy, muy despacio y verán lo difícil que les resulta guardar el equilibrio. Y si se paran, se caerán. Si te detienes en el camino del amor, si no quieres crecer, entonces el amor se empieza a tambalear. El que no quiere crecer, avanzar, seguir luchando, caerá en tierra.

Podemos pensar también en un viaje en globo. Si queremos subir no basta con que nos dejemos llevar por el viento. Queda solo una de dos: o soltar lastre, los sacos de arena que no nos dejan ascender; o hacer más vivo el fuego, para que el gas se caliente y nos haga subir. Pasa igual en nuestra vida cristiana. El Señor nos pide, en primer lugar, que soltemos lastre: que nos separemos de las mil cosas que nos atan al suelo, de un deseo exagerado de bienes materiales, en los que ponemos el centro de nuestra vida. Por otro lado, para subir, hay que avivar el fuego del amor a Dios y a los hermanos. En esta amistad siempre hay camino, posibilidad de seguir madurando, fortaleciendo el amor.

Aquel joven se fue triste porque no se atrevió a crecer. Cuando no se crece, deja de haber novedad en nuestra vida y viene enseguida el aburrimiento, la tristeza. La alegría aparece solo cuando se quiere caminar con Jesús, porque entonces la vida nunca es monótona, el amor la va haciendo nueva a cada paso, con la riqueza de una amistad personal. El que camina es capaz de cantar con gozo; pero a quien se detiene, como al joven rico, se le avinagra la cara.

 

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