XXVII Domingo - ciclo B:
El matrimonio: Libertad para atarse
“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Con esta frase nos recuerda Jesús el plan de Dios sobre el amor humano. A muchos estas palabras les parecen anticuadas. ¿No van contra la libertad del hombre? ¿Por qué tengo que estar atado, para siempre, a otra persona? ¿Qué ocurre si un día deja de gustarme?
Para responder, déjenme ponerles un ejemplo del mundo deportivo: la escalada en montaña. El grupo de montañeros sabe que hay una forma inteligente de asegurar que todos lleguen juntos a la meta, cuando la ascensión es difícil y los vientos arrecian: con una sola cuerda se atan todos entre sí por la cintura: se dice que van en cordada. Si uno resbala, el estar atado a los otros le impedirá despeñarse.
Imaginen que un montañero inexperto, cuando el guía le ofrece la cuerda para que se ate a los demás, dijera: “De ninguna forma, yo no quiero atarme, no quiero perder mi libertad”. Ustedes dirían que está loco. En primer lugar, al desconocer el camino, es muy posible que se pierda y perezca congelado. Y cuando tengan que pasar al pie de un desfiladero estrecho, ¿quién le asegura que no tropezará, despeñándose entre los riscos de granito? Tendrá entonces libertad, sí, pero será la libertad de la caída libre, la de los cuerpos que siguen la ley inexorable de la gravedad.
El hombre verdaderamente libre es el que no tiene miedo a atarse, a atarse por todo el camino. En el matrimonio nos atamos a la otra persona, y eso hace nuestra libertad más grande: libertad para subir hasta el picacho más alto, remontándose sobre los valles; libertad para crecer, para acertar con el camino verdadero.
El que se ata para siempre está diciendo a la otra persona: te amo y por eso no me importa atarme a ti, pues sé que me sostendrás si caigo. Hay que recordar que atarse el uno al otro no significa que ya no hemos de movernos, de luchar. Lo mismo ocurre en la cordada: los montañeros no pueden pararse y dejar de caminar, esperando que el otro les lleve a cuestas. Indisolubilidad quiere decir que nos ponemos en marcha hacia la meta, que trabajamos día a día para hacer nuevo el amor.
La segunda lectura nos dice que Jesús es hermano nuestro, guía de la salvación. Si funciona la cordada del matrimonio, en que el hombre y la mujer se atan para todo el camino, es porque el guía que va por delante es Jesús. Apoyados en Él podemos llegar, pues conoce el camino y nos sostendrá si caemos. Podemos decir “para siempre” porque Él se queda “para siempre” con nosotros y nos sostendrá en los tropiezos. Lo aprendemos en la Eucaristía de cada domingo: el matrimonio que participa en la misa, está atado en cordada con Jesús y sabe que llegará, sean cuales sean los obstáculos, a la cumbre de su camino.
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