Vigésimo sexto domingo del tiempo Ordinario (C):
Los abismos de la riqueza
Escuchamos hoy en el evangelio la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. Podemos preguntarnos por qué acabó tan mal el hombre adinerado. El evangelio no nos dice que hiciera ninguna fechoría: no se habla de injusticias, ni de que maltratase a los demás, tal vez incluso él mismo pensaba ser un buen hombre: no he robado, ni matado... Le ocurre, sin embargo, algo muy grave: la indiferencia, la insensibilidad. A su lado muere de hambre un hombre a quien él no hace ningún caso. El pobre desearía recoger las migajas que sobran de los banquetes, pero son los perros los que se las llevan.
Hay un abismo entre el hombre rico y el pobre. Nos puede suceder también a nosotros. Dios nos ha dado a todos muchos bienes materiales en esta vida: a unos más, a otros menos. ¿Y quien no tiene inteligencia para iluminar, o un poco de alegría para consolar? Sin embargo, como aquel rico, no nos damos cuenta de las necesidades que nos rodean: pensamos solo en nuestros propios males y problemas.
Cuando el rico y el pobre mueran, dice el evangelio, les separará un abismo. Pero ese abismo ya les separaba en vida. Después de la muerte nadie puede cruzar el abismo. Antes de la muerte el rico podía haberlo cruzado, podía haber tendido la mano y atendido con misericordia a su hermano.
Pero hay también otro abismo, un abismo más grande que rodea al hombre rico durante su vida encerrándolo en sí mismo: es el abismo que lo separa de Dios. El rico ha podido escuchar la palabra de Dios, Moisés y los profetas. Pero eso no le ha parecido bastante y por eso pedirá que un muerto resucite para avisar a sus hermanos de que siguen mal camino. Abraham le responde y, al mismo tiempo, le acusa: tú también tuviste a los profetas, que dicen, por ejemplo: “Dichoso el que se apiada y presta.” Eran signos de que la vida es un regalo de Dios y se nos da para que construyamos una comunión con nuestros hermanos. Pero tú, que fuiste sordo para los gritos de Lázaro, eras sordo también para la palabra del Señor.
El primer paso para cruzar el abismo que nos separa del hermano, es romper el abismo con que nos alejamos de Dios. Hemos de entender que cuanto tenemos es regalo de nuestro Padre. Cuando nos hacen un regalo no nos fijamos solo en su valor monetario, sino en la amistad de quien nos lo da y nos muestra con él su amor. Dios quiere que pongamos a servicio de los hombres los bienes que nos ha dado. Cuentan de una señora que, a la vista de los pobres del mundo, se quejaba a Dios: “Señor, ¿no haces nada para remediar esto?” Dios le respondió: “Sí que he hecho algo. Te he hecho a ti.”
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