XXV Domingo - ciclo B:

Problemas de juguete

“Haceos como niños”. Lo hemos oído muchas veces de boca de Jesús. En la segunda lectura hemos escuchado a Santiago avisarnos contra los deseos malvados que brotan en el corazón: celos, insultos, venganzas... Si nos hacemos como niños, ¿nos libraremos de estas pasiones?

No parece que sea así. ¿No están los niños peleándose continuamente? Es verdad que los pequeños sufren mil berrinches y se meten en mil disputas. Pero si nos fijamos bien veremos que sus enfados son muy distintos de los nuestros. Les pongo un ejemplo para aclararme.

Un niño puede pelearse con otro por una tableta de chocolate: patalear, enrabietarse, llorar. Pero lo importante es que al niño lo único que le preocupa, lo que concentra su esfuerzo, es comerse el chocolate. ¡Vaya cosa! me dirán. ¿Qué tiene eso de original? Lo que tiene es que es muy distinto de la forma en que los adultos nos enfadamos. Lo que nos preocuparía a nosotros sería lo que van a pensar los demás si no nos llevamos el chocolate. El adulto se construye su mundo de honras y opiniones, y quiere quedar por encima, que le admiren, que le hagan elogios. Así, en vez de preocuparse por cosas de verdad, se construye sus problemas de juguete. Esto quiere decir, por tanto, hacerse como niños: desmontar nuestro mundo irreal y afrontar otra vez la verdadera vida.

Es lo que no consiguen hacer los discípulos en el evangelio de hoy. Jesús les ha hablado de su pasión y muerte. Ellos no entienden, pero no se atreven a preguntar. En vez de eso empiezan a discutir quién es el más importante. ¿Ven ustedes? Ahí tenemos a los adultos obrando como nunca lo haría un niño. Sabemos que los niños siempre tienen preparadas mil preguntas, y lo que menos les asusta es dispararlas. Es que el niño confía en que alguien podrá darle una respuesta y no tiene miedo a la realidad.

¿Cómo hacemos nosotros? Tenemos a nuestro alcance muchas formas de formarnos sobre nuestra fe, de examinar a fondo nuestros verdaderos problemas: los que tocan nuestra relación con Dios, con nuestro marido, esposa o hijos. Y en vez de eso nos preocupamos por problemas imaginarios y pequeñeces de si somos primeros o últimos. ¡Imaginen que se está quemando su casa y se ponen a discutir entre sí para ver a quién le toca ir a llenar el cubo de agua!

Jesús nos da hoy ejemplo de niño. En vez de esconderse en peleas y odios, mira cara a cara a los hechos. La realidad no es precisamente agradable: ha de morir en cruz. Pero, ¿saben?, es mucho mejor que los problemas irreales que nos fabricamos nosotros. Porque la vida de verdad, cuando nos atrevemos a hacerle preguntas serias, nos responde siempre con esperanza: Jesús encuentra en su Padre descanso y ayuda. En cambio, los enredos en que nosotros mismos nos hemos metido son imposibles de deshacer. A quien se ahoga en un vaso de agua no le puede ayudar ningún socorrista. Y así aumenta en él siempre el enfado, la ira, la falta de paz. ¿A que dan ganas de hacerse como niños?




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