XXIV Domingo - ciclo B:

Y ustedes, ¿dónde dicen que estoy yo?

Jesús hace hoy a los discípulos la pregunta más importante de la vida: ¿quién dicen ustedes que soy Yo? A nosotros, que creemos en Jesús, nos resulta fácil contestar con Pedro: Tú eres el Cristo. Cristo significa Mesías: el Esperado, el que cumple los deseos de su pueblo. Tenemos fe en Jesús y le decimos: “Sólo en Ti se encuentra la felicidad”.

Pero escuchemos ahora la segunda lectura del Apóstol Santiago: la fe no sirve de nada si no se pone por obra. Es exactamente lo que le pasa a Pedro en el evangelio. Entendió que Jesús era el Mesías, pero luego, cuando Jesús habla de la cruz y el dolor, le reprende: “¡Señor, eso no!” Pedro comprendía bien quién era Jesús, pero no supo por dónde caminaba. Su fe no se puso en marcha, no se convirtió en obra. ¿De qué sirve saber quién es Él si luego no reconocemos dónde está?

Y tú, ¿dónde dices que está Jesús? La primera respuesta es fácil: le encontramos en la Eucaristía; allí se aprenden sus caminos. Acudiendo a misa entendemos quién es Él y la forma en que nos salva: abrazando el dolor y la cruz.

Pero Santiago añade algo más en la lectura: tú dices que tienes fe pero luego no vistes al hermano desnudo. ¿De qué te sirve tu fe si no se pone por obra? ¿De qué te sirve saber quién es Jesús si luego no le reconoces el tu prójimo? La fe verdadera es la que cree en Jesús y luego se pone en camino para encontrarle en el más necesitado.

Cuentan la historia de un hombre que buscaba en Egipto el tesoro de un antiguo faraón. Para encontrarlo contrató a un guía que conocía bien el lugar. Éste le condujo a un desierto y, después de caminar largo rato, se detuvo, le puso una pala en la mano, y le dijo: “El tesoro está aquí”. ¿Qué habrían hecho ustedes en el lugar de nuestro hombre? La respuesta parece fácil: ¡empezar a cavar allí mismo! Pues no, aquel hombre se puso a correr por el desierto, levantando todas las piedras que veía, a ver si allí se encontraba el tesoro. Y claro, nunca lo halló.

Jesús es el Mesías, el que cumple todas los deseos que hay en tu vida. El Señor te ha puesto en tu familia; te ha dado un trabajo; te ha hecho encontrar amigos. Y luego te ha dicho: ¡el tesoro está aquí! Lo que tienes que hacer entonces es profundizar en las relaciones con las personas que tienes cerca: el tesoro está en tu esposo, en tu mujer, en tus hijos. Ya sabes el sitio donde está el tesoro, solo tienes que cavar con paciencia, sabiendo que al final, aunque cueste tiempo y trabajo, aparecerá.

¿Y qué haces, sin embargo? Te pones a recorrer el desierto, buscando a ver si encuentras la felicidad en otras personas. Decimos: si fuera diferente mi marido o mi mujer, si no tuviera estos defectos, entonces todo andaría bien. No nos damos cuenta de que Jesús se encuentra precisamente en aquellos que Él nos ha dado, en el lugar donde nos ha puesto, en nuestra familia y trabajo. Ahí, a veces en medio del dolor, está el Mesías, el que cumple tus deseos de felicidad. ¿Te atreves a seguir cavando?



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