XXIV DOMINGO (C):
UN DIOS QUE BUSCA
Buscamos muchas cosas. Cada uno de ustedes sabrá qué es lo que le impulsa a actuar, lo que le pone en marcha cada día. A lo largo de la jornada nos preocupamos por ir de aquí a allá y de allá a aquí persiguiendo siempre un deseo, un amor, la presencia de otra persona. Y como muchas veces no encontramos lo que queremos, nos quejamos entre dientes: nos quejamos de la vida, nos quejamos a Dios.
El evangelio de hoy nos habla de otra búsqueda: se ha perdido una dracma, una oveja, un hijo. Aquí no es el hombre el que busca, sino Dios. Él es como la mujer que remueve toda la casa, como el pastor que sale a los montes. Me dirán quizás que en la parábola del hijo pródigo el Padre no va a buscar al hijo: es verdad, quiere respetar su libertad, no le obliga a quedarse. Pero muestra el deseo de su corazón en que todas las tardes sale a la puerta, mirando al horizonte, como si con la nostalgia y el deseo pudiera atraer de nuevo al hijo ingrato.
Resumen: Dios también se mueve, también anda buscando de un lado a otro. En la segunda lectura San Pablo nos da un ejemplo impresionante: por un lado Pablo confiesa que Dios es invisible, perfecto, totalmente feliz; por otro lado ese es el Dios que salió a buscarle a él, a Pablo, el más pecador de todos, y le sorprendió en el camino de Damasco.
¿Qué nos quiere decir todo esto? Nos invita a no olvidar nunca el movimiento de Dios. Nosotros buscamos la felicidad porque nos sentimos pobres, porque necesitamos saciar nuestra hambre y sed. Dios no obra así: Él busca porque quiere compartir su vida con nosotros; Él se pone en marcha por los caminos, porque quiere comunicar su gozo y su amor.
San Ignacio de Loyola decía: Dios trabaja para ti. Y San Pablo en la lectura confiesa que es Dios el que le da la energía y la fuerza para moverse. Cuando te desanimes porque nada parece salirte bien, porque fracasas en levantar tu familia, en dar fruto en tu trabajo, recuerda que Dios se mueve el primero, que Él tiene más interés que tú en que todo salga adelante, en que tu vida dé fruto y la dracma se encuentre, la oveja vuelva al redil, el hijo a su casa.
Cuando uno ha entendido esto, cuando sabe que Dios le busca, que le perdona, que le da su fuerza, entonces ya no se queja de los cansancios del camino. Ahora le mueve una energía más grande: el deseo de hacer felices a otros, de trabajar por ellos como Dios trabaja para mí.
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