Vigésimo tercer domingo, ciclo C:

 

Unidos por la raíz

Cuenta una antigua fábula la historia de dos árboles que decidieron unirse en amistad para siempre. Entrelazaron entonces sus hojas hasta que parecían perfectamente en armonía. Pero llegó el Otoño, cayeron las hojas, y se descubrió entonces que los árboles no se habían unido de verdad. Decidieron entonces enlazar sus ramas. Ahora sí parecía que nada podría separarles. Pero llegó el invierno y con él el frío y con él la necesidad de leña para el fuego: un labrador cortó las ramas de los árboles, que de nuevo quedaron separados. Solo entonces dieron con la solución: lo importante no era unir sus hojas, ni sus ramas, sino unificar sus raíces. Beberían del mismo suelo y recogerían la misma agua, corriendo así la misma suerte. Tal vez sus troncos crecieran separados, pero en el fondo estarían unidos y podrían crecer juntos hacia el mismo cielo.

Esta fábula nos sirve para entender cómo el amor debe unirnos entre nosotros. Jesús dice hoy en el evangelio una palabra que suena muy dura: el que no odia a su padre y a su madre, no puede ser mi discípulo. ¿Cómo entender esta frase? Hay que escuchar lo que Jesús añade: el que no se odia a sí mismo tampoco puede seguirme. Odiarse a sí mismo significa aquí, en realidad, salir de nuestro propio egoísmo, repudiar un falso amor que nos destruye por dentro. El que se odia a sí mismo es el que descubre que la razón de su vida está más allá de sí mismo, que solo entregándose al amor, cargando con la cruz de Jesús, puede crecer y alcanzar su verdadera meta.

De este modo entendemos lo que significa en la frase de Jesús “odiar a nuestro padre y madre, hermanos, hijos.” Si les amamos como si fueran seres cerrados en sí mismos, estaremos uniéndonos a ellos solo por las hojas o las ramas. Si entendemos que han sido creados por Dios y llamados a caminar hacia Él, entonces les podemos amar de verdad.

Jesús nos invita a unirnos a los demás por las raíces. Solo así tendremos la libertad para dejarles crecer, para que sus troncos se separen del nuestro y asciendan así con más fuerza hacia arriba. Unirse por las raíces significa mirar al hermano como hijo de Dios, saber que tenemos una llamada común y un común destino.

San Pablo nos deja un ejemplo de esto en su carta a Filemón, que leemos hoy. Filemón ha dejado marchar a su esclavo Onésimo, y ahora Pablo le dice: acógelo, pero no como un esclavo, sino como un hermano, como un hombre igual a ti, como un hijo de Dios. Así habrás salido ganando: has perdido un esclavo, has ganado un hermano.

¿Cuántas veces tratamos a los demás como esclavos que están ahí para satisfacer nuestros deseos y necesidades? Si aprendemos a respetar su camino hacia Dios y nos unimos a ellos en esta ruta, dejarán de ser nuestros esclavos, pero no les habremos perdido: tendremos cien veces más de padre, madre, hijos e hijas, como nos promete Jesús.


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