XXII Domingo - ciclo B:

Lo que pasa por el corazón

Si tienen ustedes entre cuarenta y cincuenta años, tal vez hayan escuchado del médico: “su colesterol muy alto; si no lleva cuidado con su dieta puede tener problemas de corazón”. “¡Vaya fastidio!” Se acabaron los huevos fritos con jamón y las tostadas con verdadera mantequilla. Y es que todo lo que se come acaba pasando a la sangre, y la sangre pasa por el corazón, que se va obstruyendo sin que nos enteremos.

Por supuesto: hay que cuidar la salud. Pero tengan cuidado no les ocurra como a los fariseos del evangelio de hoy. Estaban tan preocupados por los que comían, por si estaban los platos limpios o no, que se olvidaban de limpiar lo más importante, lo que Jesús llama “el corazón”. Aquí no se trata del corazón que vigilan los médicos, sino de otro, más profundo. Jesús se refiere al centro de nuestra persona, allí donde el amor se recibe y se entrega. Del corazón sale la palabra de odio o la de perdón, el abrazo fraterno o el puñetazo rabioso, la verdad o la mentira.

También ese corazón necesita que lo alimentes bien. A veces nos sorprendemos porque nos cuesta perdonar, sentimos odio, nos falta paciencia. Nos damos cuenta de que nuestro corazón está obstruido. ¿No será que no lo hemos alimentado bien, que no hemos guardado una buena dieta espiritual? Por el corazón han pasado muchas cosas que lo han ido ensuciando, haciéndolo incapaz de latir.

¿Quieren ejemplos? Vemos al día mucha televisión: asesinatos, impurezas, traiciones... Pasan por nuestro corazón y, aunque pensemos que no nos afecta, van dejando capas de suciedad. ¿No sería mejor escoger bien los programas, igual que elegimos comida con poca grasa? Podemos pensar también en nuestras conversaciones: criticamos a los demás, nos divierte pensar en sus fallos. Son solo palabras, pero van pasando por el corazón, lo obstruyen. ¿Nos sorprenderemos luego si acabamos odiando a nuestros familiares y amigos? Vigilemos, más bien, lo que pasa por nuestro corazón.

No querría acabar sin darles, como hace un buen médico, algún consejo para su dieta. Hay palabras que limpian el corazón cuando pasan por él. Es el alimento de la Ley de Dios, de los dones de Dios que vienen de arriba, como nos dicen las lecturas. Los recibimos cuando estamos con Dios, cuando nos acercamos a Él en la oración y la Eucaristía.

Un monje del desierto recibió un día un discípulo que se quejaba: “Llevo mucho tiempo rezando y yendo a misa, y no veo ningún fruto, mi oración es inútil”. El sabio eremita, señalándole un viejo cesto de mimbre, lleno de polvo y barro, le dijo: “toma ese recipiente y ve por agua al río”. El joven obedeció, bajó hasta el arroyo y llenó el cesto. Pero claro, el mimbre no está hecho para retener agua y, cuando llegó de vuelta, se había perdido todo. “Vuelve de nuevo”, le dijo el ermitaño. Y así se lo ordenó diez veces, hasta que al final: “¿Han sido inútiles tus viajes?” “Pienso que sí: no pude traer nada de agua”. “¿Piensas que sí? ¡Mira cómo quedó el canasto!” Estaba totalmente limpio, sin resto de barro ni polvo, por el agua que lo había ido atravesando.

Cuando dejas a Dios pasar continuamente por tu corazón acaba dejándolo limpio, como el agua el cesto.



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