XXI Domingo - ciclo B:

Que Dios no exagere

Durante los últimos domingos hemos escuchado palabras de Jesús sobre la Eucaristía. Hoy se nos cuenta la respuesta de algunos oyentes: “Es un lenguaje duro, ¿quién podrá escucharlo”.

Nosotros, hoy, al oír este evangelio, no nos escandalizamos. Pero, ¿es porque realmente tenemos fe? ¿O ocurre más bien que no hemos entendido de verdad lo que Jesús nos ha dicho?

Fijémonos en la escena. Jesús acaba de revelar la mayor grandeza posible del amor: nos da su cuerpo y su sangre para poder habitar en nosotros, la máxima comunión posible. Como si dijera: te voy a hacer un regalo que nunca pudiste imaginar. Y entonces los que le escuchan le dicen: “este lenguaje es duro”. ¿No es extraño? Parece que cuando se da una noticia tan buena la respuesta natural sería la alegría, la acogida de tanto bien. ¿A quién se le ocurriría rechazar un don tan grande?

El mismo Dios no consigue explicarse por qué el hombre rechaza su amor. Este escándalo ante el amor exagerado de Dios por nosotros, no es un pecado más, sino la raíz de todo pecado. Dios nos revela que nuestra vida es mucho más grande, que podemos volar en vez de arrastrarnos por el suelo... pero nosotros preferimos apegarnos al polvo, porque parece más seguro.

Eso que nos pasa con Dios nos pasa también con nuestros hermanos. En la lectura, San Pablo descubre el gran misterio del matrimonio. El mismo amor de la Eucaristía, la entrega de Cristo por su Iglesia, tiene que ser el centro de la familia cristiana. De nuevo aparece el peligro del escándalo. ¿No es una exageración? ¿Puedo esperar tanto de mi familia? ¡Que nuestro amor sea como el de Cristo y la Iglesia!

Nos damos cuenta de que aceptar el amor es arriesgado. Porque significa entrar en un juego que no sabemos adonde irá a parar. A veces se dice que tener fe hace las cosas más fáciles en la vida. Es corriente escuchar, por ejemplo, cuando ha muerto un ser querido: “qué suerte tú, que tienes fe...” Parece como si la fe fuese una respuesta fácil ante los problemas, como el avestruz que esconde la cabeza ante el peligro. Pero eso no es la fe. Tener fe es, sobre todo, creer en el amor; creer que la razón última de todo es el amor de Dios, que hay amor en el mundo, que el amor merece la pena. Y esto no hace las cosas “más fáciles”; al revés, muchas veces complica la vida, porque el amor nos pide una respuesta generosa, nos invita a empezar un camino.

La tentación es pensar: “Mejor es que Dios “no se pase” con su amor. Así luego me pedirá solo aquello a lo que tiene derecho. Y lo mismo mis prójimos”. Tanto Dios como tu prójimo, sin embargo, valen mucho más de lo que piensas y pueden darte mucho más. ¿Cuántas riqueza hay en tus hijos, en tu mujer, en tu esposo, que no has descubierto todavía? Hoy Jesús te invita a cambiar tu mirada de indiferencia y egoísmo por una mirada de fe. Atrévete a creer en el amor, a creer que el amor es mejor que la frialdad, aunque complique las cosas. Porque es una complicación que hace tu vida más grande. Como cuando el pollito rompe el cascarón del huevo.

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