Domingo XVII, ciclo C:
El fruto de la oración
Abraham regatea hoy con Dios sobre la suerte de Sodoma y Gomorra. Su oración es insistente, como recomienda Jesús en el Evangelio: pedid y recibiréis. “¿Y si hubiera treinta justos en la ciudad, salvarías, Señor a todos sus habitantes en consideración de estos justos...? ¿Y si fueran solo veinte? ¿O diez...?”
Lo que Abraham no sabía es que Dios deseaba mucho más que él salvar la ciudad. El Padre quería que Abraham siguiera pidiendo y pidiendo. Lo sabemos bien porque al final Dios terminó enviando a su único Hijo, lo envió como justo entre los pecadores: por un solo justo Dios salvó a todo el mundo, como dice San Pablo en la lectura: eliminó la deuda que pesaba sobre nosotros.
Nos damos así cuenta del gran poder de la oración, ese diálogo entre el hombre y Dios. Muchas veces nos parece que la oración no da fruto, que no conseguimos lo que pedimos. Conocerán ustedes la historia de aquel hombre que marchó donde un monje del desierto para aprender a orar. El monje oyó cómo aquel hombre se quejaba: “nunca consigo lo que pido en la oración.” Entonces le dijo: “¿ves aquel cesto de mimbre, lleno de polvo y barro? Tómalo y ve con él por agua al río.” El hombre obedeció, bajó al arroyo, llenó el cesto; pero, al volver a subir, el cesto estaba otra vez vacío: el mimbre no retiene el agua. El monje le hizo repetir diez veces la operación hasta que el discípulo estalló: “esto es inútil, nunca podré traer agua, no he conseguido nada.” El monje replicó: “¿cómo que es inútil? Mira cómo ha quedado el cesto: estaba sucio y embarrado, ahora está limpio, porque el agua pasó por él.”
Vamos a la oración como aquel hombre del cuento, pensando que el objetivo es traer agua del río: y pedimos muchas cosas, incluso algunas que no necesitamos. El fruto de la oración, sin embargo, es que cambie nuestro propio corazón, que el agua de Dios lo transforme y lo enriquezca. San Agustín decía que, cuando rezamos, aprendemos a desear con fuerza los dones de Dios, y esto hace nuestro corazón grande para que podamos recibirle.
Abraham y Jesús nos enseñan cómo tenemos que orar: pedir por los demás. De esta forma estamos también pidiendo para nosotros: pedimos que Dios nos dé el amor, que sepamos conocer las necesidades de los otros y sentirlas como propias. Al que ora, dice Jesús, el Padre nunca le niega el Espíritu Santo, es decir, el amor de Dios.
Orar nos cambia a nosotros primero y, de esta manera, transforma también el mundo. Orar nos cambia el corazón y lo hace tan grande como el corazón de Dios: capaz de sufrir con los hombres y de perdonar sus ofensas, de sacrificarnos por ellos, de dar la vida. ¡Señor, enséñanos a orar!
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