Domingo XIV, ciclo C:

 

Tú felicidad está al alcance de tus ojos

Quizás conozcan la historia de los dioses que quisieron esconder de los hombres el elixir de la vida eterna. "¿Dónde lo pondremos?" se preguntaban. No podemos llevarlo a la montaña más alta, pues algún hombre acabará escalando su cumbre. Y si lo lanzamos al fondo del mar no tardará un submarinista en llegar a la sima más profunda. Alguien tuvo entonces una idea: ocultémoslo muy cerca de él, en su interior, en su mismo corazón. Ahí nunca mirará.

En el libro del Deuteronomio dice hoy Dios a Israel: La palabra no está lejos de ti. No hay que subir a los altos cielos ni bajar a la hondura. Yo no quiero esconderla: mira dentro de ti y la verás escrita en tu corazón; reza con la Biblia y la verás puesta en tus labios.

La misma pregunta se hace hoy el escriba en el evangelio: ¿cómo alcanzar la vida eterna? Jesús le invita a que responda él mismo: ¿no está la palabra muy cerca de ti? ¿no te ha dado Dios la Ley? El escriba dice: "Amarás a Dios con todo tu ser y al prójimo como a ti mismo".

La palabra está en los labios del escriba, pero no ha bajado todavía a su corazón. Por eso Jesús le cuenta la parábola del Buen Samaritano. El sacerdote y el levita vieron al hombre medio muerto pero no supieron mirar bien, iban preocupados en sus cosas y se les escapó el secreto de la felicidad. El samaritano supo mirar de otra forma: en su corazón se encendió la compasión. Se acercó, le curó, le pagó la posada.

Así aprendemos que el elixir de la vida no está solo dentro de nosotros, la vida eterna no es algo que podamos construir solos. La palabra nos invita a salir, a amar a Dios y al prójimo. Dicen que el fuego está escondido dentro del pedernal. Pero para que se encienda la chispa una piedra sola no basta. Hace falta que se choque con otra y, de la unión entre las dos, aparezca la llama. Dios ha puesto el secreto de la felicidad, de la vida eterna, en el lugar donde se encuentra tu corazón con el de tu hermano.

De esta forma la palabra de la vida está muy cerca de ti. Si sabes mirar bien, todos los hombres pueden ser tu prójimo. La cosa no depende de cómo sientan o piensen, de las ofensas que te hayan hecho sin pedirte perdón o de su falta de respuesta a tu amor: depende de ti, de si quieres acercarte a ellos y tratarles como hermanos, de si dejas que nazca en tu corazón la compasión, como la chispa que brota al chocar dos piedras.

Sabemos que esto no es fácil. Tenemos el corazón frío y unos ojos ciegos que no nos dejan mirar con profundidad. Pero no hemos de temer: Jesús es el buen samaritano que ha bajado del cielo y ha subido de lo hondo de la tierra al resucitar de entre los muertos para poner la palabra muy cerca de ti. Tú estabas medio muerto y Él, con su compasión, hace renacer el amor. Si te dejas amar por Jesús brotará el fuego en tu corazón y podrás comunicarlo a los que tienes cerca. La vida eterna está al alcance de tu mirada.

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