XIII domingo - B
Dos tipos de muerte
Siempre nos cuesta mirar cara a cara a la muerte. Pero hay muertes especialmente difíciles; de ellas nos habla hoy el evangelio. Está, en primer lugar, la muerte de la hija de Jairo. La muerte de un pequeño es siempre terrible: muere una vida que empieza, llena de promesas. De ahí que sea tan grave el crimen del aborto: no es solo que se mata a un ser humano, sino que se mata a quien tiene en sus manos el mañana, se mata a la misma esperanza.
Cuentan quienes la conocen esta antigua historia. Mordido por una serpiente venenosa, muere en una aldea un niño de doce años. Llenos de dolor, lo llevan sus padres al sacerdote. Y ahí están los tres, sentados en torno al niño, sin palabras que decir ante la última palabra de la muerte. En esto, el padre se levanta, toma los pies del niño y dice: “Perdóname porque no supe ofrecerte, con mi autoridad, una guía segura en los caminos de la vida”. Y el veneno marcha de los pies del niño. Entonces la madre, tomando la cabeza del niño, dice: “Perdóname porque no me di cuenta de que no eras mío, sino un don de Dios para que yo lo hiciera crecer”. Y el veneno deja la cabeza del niño. Por último, el hombre santo, abraza el pecho del niño y dice: “Perdóname, porque no te mostré la imagen de Dios Padre”. En aquel momento el niño recobró la vida.
Es solo un cuento, una parábola, pero nos dice algo muy verdadero: la muerte tiene que ver con nuestro pecado. El padre que no trabaja, la madre que no ama, el cristiano que no cree, están en el fondo matando la vida antes de que nazca. Entre todos han matado al niño porque han cerrado su futuro. Muchos jóvenes yacen por eso en su camastro, sin ganas de vivir. Y ahí yacerán hasta que alguien llegue y les diga, como en el evangelio: “¡Muchacho, levántate!”
La segunda muerte de que nos hablan las lecturas es la de la mujer hemorroisa que quiso tocar el manto de Jesús. Aquella mujer llevaba doce años perdiendo sangre, es decir, muriéndose poco a poco. Esta es la muerte que nos va atrapando poco a poco, sin que nos demos cuenta, cuando se enfría nuestro amor por nuestro marido o mujer, cuando dejamos de luchar por acercarnos a Dios. Y es como si perdiéramos la sangre, símbolo de vida.
La mujer se dio cuenta de que solo acudiendo a Jesús podría recobrar la vida. Y su fe la salvó. Es sorprendente ver cómo Jesús se dio cuenta de que la mujer tocaba su manto. El gentío le apretujaba por todas partes, pero Jesús distinguió muy bien el toque de la mujer enferma. Y es que Él nota bien la diferencia entre una forma y otra de acercársele. Se acercan cien personas a comulgar, todas le tocan, todas le reciben... Pero Jesús sabe quién se le acerca con fe, lo mismo que distinguió la mano de la Cananea.
Y así Él nos ayuda a vencer nuestra muerte. San Pablo nos recuerda la manera en que nos salvó: se hizo pobre para que tú te hicieras rico. Cuando preguntaron a un famoso educador si era verdad aquello de “la letra con sangre entra”, respondió: “Sí, es verdad, pero no entra con la sangre del discípulo, sino con la del maestro”. Es lo que hizo Jesús: dio su sangre para que la mujer del evangelio dejara de perder sangre. Así, Él enseña el camino a todos los padres de familia y a quienes tratan con jóvenes, a todos los sacerdotes, padres espirituales. Acércate a Él, toca su manto, recíbele en la Eucaristía: alimentado con su sangre, con la fuerza de su amor, dejarás de morirte poco a poco y podrás transmitir esperanza a todos los jóvenes que se van muriendo, sin notarlo, a tu alrededor.
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