Dos remos para navegar en la tormenta

Una tormenta en el mar es un espectáculo sobrecogedor, sobre todo cuando se navega sobre una barquichuela inestable. El salmo de hoy nos describe la angustia de los marineros, a quienes los vientos y olas suben al cielo o hunden al abismo. El agua es en la Biblia símbolo de las fuerzas del mal que, al no guardar orden, amenazan la civilización humana.

Nosotros también experimentamos este oleaje en nuestra vida. A veces parece que el mar va a engullirnos, que no nos queda nada que hacer. La vida va tan deprisa que parecemos juguetes de la corriente. Entonces se despiertan las olas por dentro de nuestra vida: la intranquilidad, el miedo, la duda, el vértigo.

El evangelio nos cuenta otra tormenta: la que envolvió a Jesús y sus discípulos. Ocurrió, sin embargo, algo curioso: Jesús dormía. Nosotros, como los discípulos estamos tentados de despertarle  , gritando: “¡Señor! ¿no te importa que perezcamos?”

Y es que el sueño es, en la Biblia, todo lo contrario de la tormenta marina. Representa la paz del hombre que confía en Dios y puede dejar en sus manos toda actividad. Quien tiene conciencia tranquila se acuesta y se duerme enseguida, mientras el malvado, a quien agita por dentro un océano de inquietudes, no puede pegar ojo.

Pero tal vez nos preguntemos: ¿no es irresponsable el sueño de Jesús? ¿Podemos dormir cuando tenemos tantas cosas entre manos: la educación de los hijos, el cuidado del hogar, el trabajo de cada día? Para entender a Jesús nos ayudará compararlo con otro personaje de la Biblia, alguien que también dormía en medio de la tormenta: el profeta Jonás.

¡Qué gran diferencia entre los sueños de Jesús y Jonás! Jonás huía del mandato de Dios, y por eso se embarcó en la nave. Dormía para escapar de los problemas, dormía de tristeza porque no había querido acoger la misión de Dios en su vida. Con Jesús pasa todo lo contrario. Él obedece al mandato del Padre. Subido en la barca, no se aleja de Dios, sino que se acerca hacia Él, viaja para anunciar su Reino. Si duerme, no es por cobardía o pereza, sino porque sabe que su Padre le cuida.

Jesús ha abrazado su misión sin huir de ella; pero la vive con paz en medio de las olas. Su secreto es una gran confianza en el Padre. ¿Cómo conseguirla? Jesús puede guardar calma mientras todos tiemblan, porque ha pasado largas noches en oración, cuando los demás dormían. Las lecturas te invitan a imitar su fidelidad y confianza, a entrar en Jesús, como nos dice San Pablo. Estos son los dos remos que te permitirán navegar. Primero: embárcate con valentía en las misiones que Dios ha puesto en tus manos: como padre o madre de familia, en tu trabajo o en tus estudios. Segundo: una vez embarcado, cultiva una gran confianza en tu Padre, hablando mucho con Él, teniéndolo por verdadero compañero de camino, al acostarte y levantarte, en tu misa dominical y en tu rato de oración diario. Estos dos remos te darán esa paz que tanto deseas, en medio de la tormenta.

 

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