El Cuerpo y Sangre de Cristo
Una sangre que mancha; una sangre que purifica
Celebramos hoy el Cuerpo y Sangre de Cristo. Las lecturas de este ciclo B se centran en la sangre derramada. Moisés la rocía sobre el pueblo; Jesús la ofrece, en el cáliz, a sus discípulos; la carta a los Hebreos nos dice que, por su sangre, Jesús nos ha abierto la puerta del cielo.
Sabemos que en la Biblia la sangre representa la vida. E incluso más que la vida: significa la presencia de Dios que, con su soplo vital sostiene al hombre y le comunica la existencia. Por eso la sangre del hombre es sagrada, llena del aliento de Dios. La sangre representa la dignidad de nuestros hermanos, padres, hijos, todos ellos valiosos ante el Padre. Derramar la sangre es el mayor crimen; esa sangre grita a Dios desde el suelo. Nosotros, sin matar a nadie, manchamos muchas veces nuestras manos de sangre, cuando insultamos o despreciamos al prójimo, cuando le deseamos mal o no le respetamos.
Esta mancha, la mancha de sangre, no se puede quitar ni con toda el agua del océano. ¿No hay entonces medio de quedar limpios? La Biblia nos lo indica: la sangre solo se limpia con sangre. Parece raro, pero es así: hay sangre que deja limpios los vestidos, como enseña el rito de Moisés. ¿Qué se quiere decir con esto? El odio asesino, el pecado del pueblo, el mío y el tuyo, solo se limpian con un amor más grande, el perdón de Dios que siempre se ofrece al pueblo. Por eso la sangre indica también la alianza, la comunión de vida entre Dios y los hombres. Como si Dios nos dijese: yo te doy mi sangre; ahora tenemos la misma sangre, la misma vida y dignidad.
El cordero verdadero es Jesús. Su amor, en el derramamiento de su sangre por nosotros, es capaz de cancelar nuestro odio. Es más, al beber del cáliz recibimos, con su sangre, su misma vida. Es como una transfusión: uno que tiene buen corazón, corazón grande, se conmueve ante un enfermo de sangre envenenada y le da su sangre para renovarle.
Jesús se hizo hermano nuestro, de nuestra propia sangre, para poder darnos la misma vida de Dios. Honramos hoy su sangre en el sacramento de la Eucaristía. Si la sangre indica el don de Dios al hombre, la sangre de Jesús es de un valor infinito, porque en ella está todo el amor del Padre por la vida de su Hijo. Venerar su sangre quiere decir por eso, en primer lugar, valorar el sacramento de la confesión: ¿cómo crees que su sangre es comunión, si no crees antes que su sangre puede limpiar tus manos manchadas? Venerar su sangre significa, también, darte cuenta de tu propia dignidad. Mira cuánto le has costado a Jesús, el precio a que has sido comprado. ¿Cómo te desprecias a ti mismo y deshonras tu cuerpo o tu vida espiritual? Venerar su sangre es también respetar al hermano, que tiene la misma sangre de Jesús, es descubrir que su presencia es un regalo.
Por último, si bebes la copa, es porque quieres aprender a derramar tu sangre, a dar vida a los tuyos. Hay una sangre que mancha: la sangre del hermano a quien ofendemos o despreciamos. Gracias a Dios, hay otra sangre que limpia: la que se entrega, con Jesús en la Eucaristía, en cada acto de amor y servicio por los demás.
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