Domingo XI del Tiempo Ordinario, C:
Simón y Magdalena
Un fariseo, de nombre Simón, invita a Jesús a su casa. Cuando están cenando una mujer pecadora se acerca y se echa a los pies del Señor. El fariseo murmura de Jesús: no sabe que es una pecadora. Pero se equivoca. Jesús sabe que es pecadora, pero sabe también más cosas que Simón no comprende. Sabe que esa pecadora ha sido perdonada, sabe que en su corazón ha nacido el amor. “Al que ama mucho se le perdona mucho.”
Nosotros somos como Simón, el fariseo. Queremos recibir a Jesús en nuestra casa, nos gusta invitarle a comer. Pero luego, cuando vemos que perdona a ese hermano que nos había hecho daño, o que se acerca también a otros a los que despreciamos... entonces, aunque no lo digamos, nos apartamos de Él.
Tenemos que escuchar las palabras que Jesús dice hoy a Simón: “mira a esta mujer.” Mira más profundo. Tú has visto solo el pecado, la miseria, la debilidad, lo que salta a la vista. Jesús ha visto que podía ser perdonada, ha visto su fe, sus lágrimas, su amor. Jesús ha visto que podría llegar a ser una santa, como así fue: María Magdalena.
A nosotros, como a Simón, se nos invita entonces a convertirnos en esta mujer. Se trata de mirar a Jesús de una forma distinta y decirle: No soy digno de que entres en mi casa. Aunque querría invitarte a cenar veo que soy indigno. Pero a la vez descubro que tú me amas, que me perdonas. Y por eso me quiero acercar a ti de otra forma, echándome a tus pies, abrazándolos, porque son “hermosos los pies del mensajero que anuncia la buena noticia del perdón.”
Un hombre decía al cura que le daba vergüenza confesar sus pecados. ¿Qué iba a pensar de él el sacerdote? Recibió esta respuesta: Pensaré que eres un hombre humilde y eso quiere decir: o un santo, o alguien que se está convirtiendo en santo.
La Magdalena escogió siempre estar a los pies de Jesús, y ese tiene que ser también nuestro lugar. Primero le lavaremos los pies con nuestras lágrimas, porque nos han traído el perdón. Luego permaneceremos a sus pies escuchando su doctrina, como hizo también María en casa de su hermana Marta. Pero no basta abrazar los pies de Jesús: hay que seguirlos, porque son pies que caminan hacia el cielo.
¿Cómo seguimos los pies de Jesús? Le seguimos cuando amamos. A quien se le perdona mucho, es decir, quien confiesa mucho sus pecados, aprende a amar. Entonces, si con humildad confesamos nuestras culpas y escuchamos lo que nos dice en la oración, podremos caminar con Él, aprenderemos a seguir esos pies que han bajado a la tierra por nosotros.
Jesús no se equivocó: María se convertiría en una gran santa. Le seguiría por los caminos, le ungiría con perfume cuando se acercaba su pasión. Y sería la primera testigo de su resurrección. Entonces se lanzaría otra vez a sus pies, abrazándole. El que se agarra a los pies de Jesús al final puede subir con Él hacia el Padre, puede caminar con Él hacia Dios y entrar en su banquete. Pero para eso tiene que dejar de ser el fariseo Simón y emprender el camino de Magdalena, desde la humildad del que confiesa sus pecados, hasta el gran amor del que puede subir al cielo.
© 2007 Fr. José Granados, All Rights Reserved