Pentecostés
Tu pequeño Pentecostés
Hace cincuenta días celebrábamos la Resurrección de Jesús. Queríamos alegrarnos con Él y por eso empezábamos el camino de la Pascua. De la misma forma que en el via crucis aprendíamos a llorar con Jesús, en este camino pascual hemos aprendido, poco a poco, a alegrarnos con Él.
¿Cuál es el final de ese camino, qué encontramos en la meta? Nos lo dijo Jesús al prometernos que Él nos enviaría el Espíritu Santo para que nuestro gozo fuera completo. El final del camino de la Pascua es el descenso del Espíritu sobre nuestra vida.
¿Quién es este Espíritu? ¿Cómo podemos distinguir su presencia? ¿Cuál es su obra en nosotros?
A veces el Espíritu actúa en modo extraordinario: lenguas de fuego, viento huracanado, grandes carismas. Podríamos pensar que su obra ocurre sobre todo por fuera, que es espectacular y vistosa.
Pero hoy las lecturas nos hablan también de otra acción suya, menos conocida pero más importante. Es la acción que el Espíritu lleva a cabo dentro de ti, en las horas sencillas de tu familia y trabajo, cuando te acuestas y te levantas. El Espíritu de Jesús prefiere ocultarse, obra casi siempre en lo pequeño.
¿Recuerdas la torre de Babel? Entonces los hombres trataron de llegar hasta el cielo, pero no se pusieron de acuerdo, porque hablaban idiomas distintos. En Pentecostés pasa justo lo contrario: todos los que estaban escuchando entendían a los Apóstoles, cada uno en su propia lengua. La obra más importante del Espíritu es reconstruir el amor entre los hombres, hacer que podamos comunicarnos y entendernos, edificar la comunión.
Por eso Pentecostés es el final del camino de Pascua, porque ahora la resurrección de Jesús, su amor hasta el extremo, habita dentro de los hombres. En este camino de Pascua pensabas que eras tú el que caminabas, pero sobre todo es Dios el que se ha puesto en camino, y su camino termina cuando te entrega su Espíritu, cuando llega hasta dentro del hombre. El Espíritu nos dice que Dios ha llegado lo más cerca que podía de nosotros, ha entrado dentro de ti y ahí quiere quedarse.
Un Santo Padre de la Iglesia llamó al Espíritu la comunicación de Cristo. Y eso es precisamente el Espíritu Santo: la comunicación de Jesús, la presencia de Jesús dentro de ti, su mismo gozo de Resucitado habitando en tu corazón.
El Espíritu Santo tiene muchos nombres. Se le llama fuego, viento, consolador. Pero su nombre favorito es “amor”: y por eso es el regalo más grande que Dios te quiere hacer, su mismo amor dentro de ti. Por eso el Espíritu actúa en cada momento de tu vida: cuando perdonas a quien te ofende, cuando das las gracias a quien te cuida y hace bien, cuando haces tu trabajo sencillo con amor. Hoy el Espíritu te pide que le dejes habitar en las cosas pequeñas de tu vida, que le ofrezcas lo sencillo y cotidiano. Ahí prenderá su fuego y hará soplar su viento.
© 2008 Fr. José Granados, All Rights Reserved