Cuarto Domingo de Pascua:
El mejor Pastor para el camino más oscuro
En nuestra vida necesitamos muchas veces que alguien nos abra camino. Si queremos marchar de vacaciones acudimos a la agencia de viaje; si andamos por carreteras desconocidas, nos hará falta un mapa; cuando queramos comprar una casa, allí estará la agencia inmobiliaria...
Hay, sin embargo, un camino, por el que nadie querrá acompañarnos. Y es que muchos han hecho ese camino de ida, pero nadie ha tomado billete de vuelta, porque de ese camino nunca se regresa. Ese camino, lo han adivinado ustedes, es el camino de la muerte. Pensamos poco en él, porque sabemos que es una cañada oscura y tenebrosa. Pero, más pronto o más temprano, tendremos que hacer el equipaje para adentrarnos por él.
Jesús nos dice hoy, en el evangelio: “Yo soy el buen Pastor”. No es un Pastor cualquiera; es el único pastor que ha recorrido ya la senda de la muerte. Los primeros cristianos colocaban la imagen del Buen Pastor en las catacumbas. Así mostraban que ese Pastor es especialista en recorrer con nosotros el último de los caminos. El tiempo de Pascua nos anuncia que no hay ningún camino de nuestra vida, ni siquiera el de la muerte, por el que no podamos caminar confiados.
San Pedro nos dice en la lectura: “No hay ningún otro nombre en la tierra o en el cielo por el que podamos ser salvos”. Solo hay un nombre que nos puede salvar, el nombre de Jesús, porque solo hay alguien que ha amado con tanta fuerza que ha llegado incluso a iluminar la senda de la muerte, mostrando que la vida verdadera consiste en el amor total.
¿Qué hace falta, entonces, para atravesar ese camino? “Mis ovejas escuchan mi voz”. “Yo las llamo por su nombre”. Los otros guías de nuestra vida, los que nos ofrecen diversión, descanso, dinero... no se preocupan por saber nuestro nombre. Se contentan con que les demos beneficios. El Buen Pastor nos llamará por nuestro nombre. ¿Sabremos reconocer su voz?
Para ello, hay un truco muy bueno. Acostúmbrate a que Él te lleve por los caminos de la vida. Acércate a Él en la oración y la Eucaristía, para que te acostumbres al tono de su voz. Ven a la confesión para que te resulten familiares sus perdones. Y entonces, el día en que tengas que recorrer el último camino, tendrás un pastor, alguien que te tomará sobre sus hombros y te llevará seguro al pasto de vida.
Una última cosa. Si eres padre o madre de familia, si eres educador, te ha tocado también el oficio de pastorear. Se te puede entonces preguntar: ¿eres capaz de orientar a los tuyos hacia ese camino último? ¿te preocupas por iluminar el sentido de su vida? ¿Les enseñas a escuchar la voz del Buen Pastor? ¿O transmites solo una educación basada en la diversión fugaz? El que es de verdad buen pastor sabe guiar por los caminos más difíciles, los únicos para los que necesitamos que alguien nos lleve. Sabe conducir más allá de la muerte, hasta la vida eterna.
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