Tercer Domingo de Pascua:
Conversión desde la alegría
Pedro predica en Jerusalén lleno de valentía. Nos echa en cara nuestro pecado: habéis matado al justo Jesús, habéis liberado al asesino Barrabás. Por eso: convertíos. Pedro obedece al mandato que recibió de Jesús y que leemos en el evangelio: Predicad a todos la conversión y el perdón de los pecados en mi nombre.
Esta llamada a la conversión nos parece extraña en el tiempo de Pascua. Los pecados, el arrepentimiento, la penitencia... ¿no es algo que tocaba en Cuaresma? ¿No estamos ahora celebrando la alegría?
El tiempo de Pascua, como todo tiempo cristiano, sigue siendo llamada a cambiar nuestra vida. ¿Cuál es entonces la diferencia con el desierto cuaresmal? Ahora se nos invita a convertirnos desde la alegría, desde la plenitud, desde la fuerza nueva del Resucitado. Como dice San Juan en la segunda lectura: “si alguno peca, tiene a alguien que interceda por Él, Jesucristo, el justo”. No desaproveches tan gran tesoro.
En Cuaresma se nos llamaba a subir la gran montaña de la vida nueva. Había que caminar con ánimo, salir de sí mismo, aguantar el sol del desierto y lanzarse a la escalada. En Pascua es un poco distinto. Estamos, más bien, montados en un globo lleno de aire caliente, y hay una gran fuerza que nos impulsa hacia arriba. Es el poder de la Resurrección de Jesús que quiere entrar en nuestra vida y hacerla ascender. ¿Qué nos sucede entonces, por qué no volamos por las alturas, por qué seguimos a ras de tierra como los gusanos? Es que estamos cargados de peso inútil, de lastre pesado. La conversión significa entonces quitar lo que sobra, remover todas las cosas que impiden a Dios actuar.
Somos como Miguel Ángel, aquel gran artista que describía así el arte de esculpir: “Yo solo quito el mármol que sobra, hasta que aparece la imagen”. ¿Sabemos nosotros quitar lo que sobra? Vamos metiendo en nuestro corazón mil tesoros que nos impiden subir. Vamos dejando que el polvo se acumule, el polvo del resentimiento, de la rutina, del odio. Para esculpir en ti la imagen de Dios solo tienes que hacer una cosa. El Resucitado te dice: “Mi imagen está ya dentro de ti, yo la he rescatado del pecado y de la muerte; tú solo quita todo lo que sobra”.
El perdón, el amor, el servicio, el cariño hacia nuestra esposa
o esposo, hacia nuestros hijos, la escucha paciente del hermano, la amistad,
la alabanza de Dios... Hay momentos de nuestra vida – la Pascua –
en que nos damos cuenta que todo esto es lo más natural, lo que tendría
que ser más fácil. Dios te lo está dando, lo está
poniendo delante de ti. Es como si estuvieras sentado ante un bello paisaje
de primavera: ¿no es lo más fácil abrir los ojos y contemplar?
No tienes que inventar los colores de las plantas y los pájaros; Dios
los pinta para ti. ¿No es lo más fácil la compasión,
el servicio, la mano tendida al hermano que sufre? “Conviértete,
cambia de vida”, te dicen hoy las lecturas. Para ello solo tienes que
restregarte los ojos y limpiar tus legañas. “Despierta, tú
que duermes. Jesús, tu luz, ha resucitado”.
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