Sexto Domingo de Pascua (A)

 

No os dejaré huérfanos

Nuestro Papa Benedicto, escribió hace unos años un libro en que contaba su vida. Allí relata su experiencia cuando murieron sus padres. Le parecía que todo el mundo, todas las cosas que le rodeaban, las personas que estaban cerca de él... todo había perdido su color, como si se tratara de una película en blanco y negro. A San Agustín le pasó lo mismo cuando vio partir para el cielo a su madre, Mónica. Lleno de pesar y lágrimas se refugió en Dios que, según la Biblia, es el padre de los huérfanos.

Nosotros también tenemos muchas veces la experiencia de ser huérfanos, incluso aunque nuestros padres vivan. Porque el huérfano es el que ha perdido el origen de donde viene su vida, como un hombre que está en el desierto y a quien se le seca la única fuente de agua. ¿De dónde venimos? ¿De dónde procede la fuerza que nos empuja a caminar, a luchar en las luchas de cada día? ¿De dónde sacamos el valor para perdonar, para construir nuestra familia, para educar a nuestros hijos? Muchas veces no sabemos responder a estas preguntas, y eso es lo mismo que ser huérfano. Se nos hace difícil entonces dar fruto, ser nosotros manantial para los demás. Al huérfano le falta la seguridad para ser buen padre o madre, para entregarse a sus hermanos repartiéndoles vida. Tiene miedo de dar, porque cree que lo perderá todo, pues no conoce dónde está la fuente.

Jesús nos dice hoy en el evangelio: “Yo no os dejaré huérfanos”. Se comprende que los Discípulos estuvieran preocupados, porque intuían que Jesús iba a morir. Y Él era su Maestro, como había dicho San Pedro: “¿A quién vamos a ir? Solo Tú tienes palabras de vida eterna”. Por eso Jesús les tranquiliza: “Yo no os dejaré huérfanos”.

El camino de la Pascua es camino de alegría, no solo porque sabemos a dónde vamos, sino también porque Jesús nos revela de dónde venimos. El Resucitado nos señala a la fuente de toda nuestra fuerza, aquello que nos empuja a continuar luchando. Es el amor del Padre, que nos hace hijos suyos, venciendo todo nuestro miedo de quedar huérfanos.

Escucha hoy cómo Jesús te dice a ti esas mismas palabras: “No temas. Yo no te dejo huérfano. Te voy a dar mi Espíritu, que es mi presencia en tu vida. En mí está la fuente y el manantial que no se agota. El amor del Padre es más fuerte que todo y de ahí sacarás la fuerza para seguir adelante, para cumplir mis mandamientos”.

Nos vamos preparando, así, para recibir al Espíritu en Pentecostés. El Espíritu reparte muchos dones, y muchos de ustedes lo están experimentando en sus vidas. Pero hoy Jesús nos dice cuál es el don más grande de ese Espíritu: Quien tiene al Espíritu sabe que no es huérfano, conoce de dónde procede el amor; puede entonces dar mucho fruto de buenas obras, cumplir los mandamientos de Cristo, y especialmente el primero de todos, el mandamiento del amor. Si en tu casa no amas, si no perdonas, si no dialogas con tus hijos, no quieres a tu mujer o no respetas a tu marido... entonces no te engañes: no tienes al Espíritu de Dios.

Los caminantes en el camino pascual conocen dónde está la fuente, saben que tienen un Padre y pueden ir sembrando vida por donde andan. Son imagen viva de la fecundidad de Dios, quien, según canta San Juan de la Cruz, “mil gracias derramando, pasó por estos sotos con presura...” Sus versos se aplican a ti. Tal vez en tu casa haya gente alejada de la fe. Tal vez tu marido no crea, tal vez no crea tu mujer o tus hijos. El Señor te llama a repartirles vida, a ser para ellos padre en la fe, ahora que sabes que no eres huérfano. Es lo que nos dice San Pedro en la primera lectura: tenemos que dar razón de nuestra esperanza. ¿Cómo? Cumpliendo los mandamientos, poniendo amor donde no hay amor, como hizo Jesús en la cruz. Entonces la gente se preguntará de dónde viene la fuerza para una entrega así y seremos capaces, como Cristo, de llevarles a Dios, de hacer que dejen de sentirse huérfanos.

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