Quinto Domingo de Pascua (A)
El camino tiene nombre de persona
Cuentan de aquel prisionero de guerra que consiguió escapar de la cárcel, situada en medio de la jungla de Malasia. Tenía que llegar hasta la costa donde le esperaba la ansiada libertad. Le ayudaba un nativo de la isla, que iba delante de él en medio de la impenetrable vegetación; troncos y lianas obstruían el paso, que se hacía cada vez más fatigoso. El prisionero, preocupado, preguntó a su guía: “¿Estás seguro de que este es el camino que lleva al mar?” Como no obtenía respuesta repitió su pregunta tres veces. Al final, el hombre se volvió y le dijo: “Mira, esto es una selva, aquí no hay civilización, no hay carreteras, ni rutas de montaña. Nadie ha pasado nunca antes por estos parajes. Para llegar al mar no existe ningún camino. Pero yo conozco estos bosques, aquí me he criado. No te preocupes. Tu camino soy yo”.
También a nosotros nos sucede como a aquel prisionero fugado. Buscamos en nuestra vida la senda que nos lleve a la felicidad, la que termine con nuestros dolores, la que traiga la paz a nuestros hogares... Nos hacemos planos, tratamos de trazar la ruta, de hallar la salida. Un día u otro nos encontramos sin fuerzas, desorientados, abatidos. Entonces Jesús nos mira y nos dice: “Mira, no te canses buscando. La única salida a tu miseria es fiarte de mí, confiar en que yo conozco el lugar, de que sé la forma de alcanzar la costa de la vida eterna. Y lo sé porque yo conozco bien la selva. Yo he atravesado hasta el último lugar, hasta el abismo de la muerte. Pero he resucitado. Por eso ahora puedo ser para ti un camino vivo y verdadero. Tu camino soy yo”.
Por eso, no tengas miedo de seguir a este guía. La segunda lectura nos lo dice: Él es la piedra, un cimiento sobre el que puedes construir toda tu vida.
Lo que te pide ahora Jesús es que tú también te hagas camino para tus hermanos, piedra viva para levantar el edificio de tu familia, de tu comunidad, de la Iglesia entera. Él quiere que en nuestra vida el camino no sea nuestro trabajo, no sea nuestro dinero, ni tampoco nuestros planes de diversión o descanso. Él quiere que el camino sean siempre las personas, que nos hagamos camino unos para otros, piedras que se sostienen entre sí. Te invita hoy a darte cuenta: tu camino de felicidad pasa por tu hijo, por tu marido, por tu esposa. Por ellos tienes que luchar, a ellos tienes que ayudar a crecer. Y Cristo, en medio, nos conduce a todos a la casa del Padre.
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