La alegrķa de la Pascua
El Miércoles de Ceniza comenzábamos un camino, el camino pascual. Sus pasos nos han llevado hasta el Calvario. Hoy ese camino encuentra su meta final a la puerta del sepulcro vacío, a los pies del Resucitado. Pero eso no significa que el camino se acabe: los cincuenta días de Pascua son también un camino, otro tipo de camino pascual. El Evangelio del día de hoy nos lo recuerda: todos corren de un lado para otro, todos caminan. Corre María Magdalena y corren también Juan y Pedro. San Pablo nos dice qué dirección hay que seguir en este camino: “Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo”.
Pensamos que en la vida sólo hay que caminar en la tristeza, que solo el dolor es un camino: hay que aprender a perdonar, a llevar la cruz. Todo eso es verdad, pero no debemos olvidarnos de otro camino, también muy necesario. La vida es un camino en la alegría: es como aquel que ve de repente una gran luz y necesita tiempo para acostumbrar sus ojos a una visión tan luminosa. ¿Cómo es el camino de la alegría?
Cuentan de un hombre cuyo trabajo era apagar las farolas de gas en el tiempo en que todavía no existía la luz eléctrica. Empezaba ya entrada la noche y recorría las calles, de farola en farola. Le preguntaron si no era pesado su trabajo, realizado en tanta oscuridad. “En absoluto”, dijo; “nunca estoy en tinieblas, siempre tengo una luz delante de mí, que me anima a caminar”. “¿Y cuando has apagado la última farola?”, le objetaron. “Entonces”, respondió sin dudar, “entonces justamente llega el alba”.
Así es nuestro camino pascual, de luz en luz. Dios nos ha puesto en el mundo para que entendamos la alegría que hay en él. Según los rabinos en el día del juicio tendrás que dar cuenta por todas las horas buenas de que debiste haber disfrutado, y que dejaste perder. La resurrección se convierte, para el cristiano, en el fundamento verdadero y último de todas esas alegrías. Los ojos del Apóstol Juan nos ayudan a ver el gozo que hay en el fondo de las cosas cotidianas, porque Cristo ha resucitado: “vio y creyó.” En la vida, la palabra última la tiene siempre el amor inmenso que Dios te tiene. Que ese amor te mueva a caminar cada vez en más entrega.
La Pascua nos invita a caminar deprisa, porque hemos recibido la gran noticia del amor inmenso de Dios. Así escribía Pablo VI en su testamento: “Pero ahora, en este ocaso revelador, otro pensamiento ocupa mi espíritu: y es el ansia de aprovechar la hora undécima, la prisa de hacer algo importante antes de que sea demasiado tarde. [...] Hacer pronto. Hacer todo. Hacer bien. Hacer gozosamente: lo que ahora Tú quieres de mí, aun cuando supere inmensamente mis fuerzas y me exija la vida. Finalmente, en esta última hora”.
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