Tercer Domingo de Pascua (A)

 

Emaús, camino de alegría

La Pascua, estos cincuenta días que celebramos después de la Resurrección, son para el cristiano un camino. Se trata de una senda para descubrir la verdadera alegría. Estamos tan acostumbrados a la tristeza que necesitamos tiempo para meter el gozo de Jesús en nuestro corazón. Nos lo recuerda el evangelio de hoy, aquellos dos discípulos que se alejaban hacia Emaús.

¿Podemos hacer nosotros ese mismo camino de los discípulos? La Iglesia ha visto en este episodio una imagen de la Eucaristía, donde el Señor nos explica las Escrituras y parte para nosotros el pan. Cada misa puede ser un camino en que aprendamos la alegría del Resucitado.

A la misa acudimos pecadores. A veces sin ganas de rezar, otras cansados o preocupados por mil asuntos. A Jesús le basta con que nos acerquemos, con que sintamos la necesidad de que nos hablen de Él. Ya se encargará Cristo, con su palabra, de ir poniendo fuego en nuestro corazón.

Lo que sí nos pide es que participemos activamente. Desde nuestro banco estamos llamados a ser peregrinos, a ponernos en marcha. Lo haremos, en primer lugar, escuchando la Palabra de Dios. “¿No sabíais que el Mesías había de padecer?” dice Jesús a los dos discípulos. Y les explicó las Escrituras, comenzando por Moisés. Las lecturas nos anuncian el plan de Dios en nuestra vida. Si las escuchamos con fe entenderemos el por qué de nuestro dolor. Jesús nos explicará lo que nos pasa, nos enseñará que a través del sufrimiento, Dios comunica profunda alegría.

Lo que es mejor: Jesús no se limita a explicar. No es hombre de palabras, sino de obras. Ante nuestros ojos cumplirá las Escrituras, con el sacrificio de su cuerpo y sangre. La segunda lectura nos recuerda que hemos sido rescatados a un alto precio, la sangre de Cristo (cf. 1 Pe 1, 18-19). Él se va a hacer camino vivo y verdadero, el camino de la Pascua.

Queda una cosa: que este camino de la Eucaristía se haga camino nuestro cotidiano. Comenta Beda el Venerable que los de Emaús, aun no teniendo fe en la resurrección, hicieron una obra de misericordia acogiendo a Jesús bajo su techo. San Agustín une este texto al otro de San Mateo: “Era peregrino y me diste posada”. Dice el santo (Sermo 236, 3): “cuando un cristiano recibe a un cristiano, los miembros sirven a los miembros; la cabeza se alegra y cuenta como dado a sí lo que fue entregado a uno de sus miembros [...] Así hay que vivir en esta peregrinación, donde Cristo sufre necesidad”.

“Era peregrino y me diste posada”, nos dirá el Señor el día del Juicio. El peregrino de Emaús se identifica con este peregrino, que solo se desvelará en el último día, y que es cada uno de los hermanos pequeños de Jesús. El camino de la misa nos lleva así al último día, al final de la historia. Si reconocemos a Jesús peregrino en la entrega de cada misa, le podremos reconocer también en el sufrimiento de cada prójimo. El amor aprendido en el altar, será amor para desperdigar por los cruces de las carreteras.

He aquí el itinerario, Domingo a Domingo, hacia la alegría perfecta de Pentecostés.

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