Cuarto domigo de Cuaresma, ciclo B
La cruz, nuestro descanso
En el camino de esta Cuaresma encontramos hoy un nuevo signo del amor de Dios, de su alianza: el sábado.
El sábado es en la Biblia el día del descanso, día en que Dios contempló con gozo todas sus obras. El hombre que no descansa es el que quiere hacerlo todo con sus propias fuerzas, sin contar con Dios o los demás. Nunca tiene tiempo para Dios, nunca escucha a los que les rodean, está preocupado solo por hacer y acumular, hacer y acumular. Esto le pasó al pueblo de Israel, que dejó de guardar el sábado. En vez de dejar que la tierra descansara, la explotó para arrancarle el máximo fruto.
Pero el hombre, así, no puede ser feliz. La misma tierra se rebela contra el pueblo. Dios dice: la tierra permanecerá estéril para recuperar todos los años en que no guardaste el sábado. Creemos que somos más eficaces sin Dios, que lo importante es trabajar por nuestra cuenta, que no le necesitamos; y así descuidamos el domingo y el tiempo de descanso con nuestra familia. Nos pasará como a Israel, la tierra nos dará solo un fruto amargo, que no puede alimentar. Solo si nos abrimos a Dios, si entramos en su descanso, hallaremos la felicidad en nuestra familia, en nuestra vida. ¿De qué sirve acumular tantas cosas si luego se nos escapa la misma vida, si no sabemos gozar de nuestros hijos, de nuestro esposo o esposa?
En la Cuaresma hay una esperanza para esta enfermedad: Dios anuncia al pueblo que regresará del destierro y volverá a edificar el Templo. El Templo es el lugar del descanso, el lugar donde se puede otra vez guardar el sábado. Israel sabe que solamente cuando da culto a Dios puede mirar a su vida con alegría y paz, puede encontrar la plenitud que busca.
Nos podemos preguntar si es posible encontrar ese descanso, esa alegría de la fiesta. ¿No es verdad que vivimos entre mil sufrimientos, que en nuestra casa hay peleas, que nos resulta difícil perdonar a los nuestros? ¿No es verdad que el trabajo nos parece inhumano, que no nos sentimos respetados? ¿Y no hay tanta gente en el mundo que sufre y pasa necesidad? ¿Cómo es posible encontrar de nuevo la alegría del descanso?
“Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su único Hijo”, leemos hoy en el Evangelio. Para los primeros cristianos, la serpiente que alzó Moisés en el desierto estaba colocada en el Templo, en el tabernáculo donde habitaba Dios. Con Jesús, la Cruz se va a convertir en el nuevo Templo, es decir, en el nuevo lugar del descanso. Acercándose a la cruz de Jesús se experimenta de nuevo la gracia de Dios, precisamente en medio del dolor. Toma en tus manos ese sufrimiento que te agobia y no te deja descansar y ponlo al lado de la cruz de Cristo. Allí entenderás que el dolor se puede convertir en amor, en gracia, en bendición de Dios. El dolor, si lo vivimos cerca de la cruz, es como el agua que riega la tierra y la prepara para que dé fruto.
Solo si el domingo nos acercamos a la Eucaristía, encontraremos en la Cruz de Jesús el verdadero descanso en nuestra vida agitada. Porque en la Eucaristía experimentamos lo que nos dice hoy San Pablo: “por pura gracia estáis salvados”. Y la gracia más grande es, precisamente, aprender a encontrar en Jesús crucificado nuestro verdadero descanso. Es un descanso que nadie nos podrá quitar.
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