Tercer domingo de Cuaresma, ciclo B
"Yo soy tu Dios, el que te ama"
“Habéis convertido la casa de mi Padre en una cueva de ladrones”. Resuenan estas palabras de Jesús como una acusación en nuestra Cuaresma. El Templo de Dios, que debía ser casa de oración, casa de diálogo con el Padre, lo han convertido los judíos en lugar de mercadeo. Jesús les expulsa del Templo. Son símbolo de cómo los judíos adoraban a Dios con los labios, pero no con sus obras.
La Cuaresma es el tiempo que se nos da para que nos demos cuenta de que necesitamos purificar nuestro Templo. Y el Templo simboliza nuestra relación con Dios. La vivimos muchas veces con frialdad, otras como mera apariencia. O adoramos a Dios al tiempo que denigramos al hermano, sin hacer que la oración y la Eucaristía transformen nuestras vidas.
Sin Dios es imposible vivir bien. La primera lectura nos recuerda los diez mandamientos. Pero justo antes de los mandamientos hay unas palabras muy sencillas que muchas veces olvidamos: “Yo soy el Señor tu Dios que te saqué del país de Egipto”. Dios, antes de pedirnos una vida santa, nos recuerda su amor. Por eso Él puede exigirnos amor: la tabla del decálogo no es más que una llamada al agradecimiento, a responder con generosidad a la gran generosidad de Dios. “Yo soy tu Dios, que te ha amado. Y puesto que has recibido el amor, ama ahora tú también”.
Purificar el Templo significa entender esta grandeza del amor de Dios en nuestra vida, significa abrirnos a este amor para que el Señor nos transforme. Cuando uno considera ese amor tan fuerte, se le hace más fácil perdonar; cuando uno mira como Dios nos ha amado, resulta más sencillo ser generoso en casa, decir la verdad, tener palabras de cariño con los nuestros.
La Cuaresma es la historia de cómo Dios purifica nuestro Templo, nos permite acercarnos a Él, entrar en su presencia y recordar su amor. Es Jesús el que limpia el Templo. A veces puede parecernos dura su actuación, como cuando tomó el látigo en sus manos. Es que necesita despertarnos, necesita que veamos que a Él le afectan nuestros pecados, que no le dejan indiferente.
Pero Jesús purifica el Templo sobre todo con su muerte en la Cruz, donde muestra todo el amor del Padre. Hoy se dice de Él en el evangelio: “El celo de tu casa me devora”. Es cita de un pasaje del Antiguo Testamento, que continúa un poco después: “las afrentas con que te insultaban caen sobre mí”. Jesús alude así a su muerte por nosotros, en que toma sobre sí nuestro pecado y muere para purificar nuestra vida.
Por eso acudiendo a la Eucaristía, donde Jesús nos da su vida, nos hacemos capaces de cumplir los mandamientos. Y podemos repetir el decálogo desde el monte Calvario, poniendo siempre por delante el amor de Jesús. “Yo soy tu Dios, el que murió por ti en la Cruz. No tomarás el nombre de Dios en vano”. “Yo soy tu Dios, el que por ti se hizo obediente en la Pasión. Honrarás a tu Padre y a tu madre”. “Yo soy tu Dios el que por ti se hizo pobre hasta la muerte. No robarás”. “Yo soy tu Dios, que se dejo flagelar por ti. No cometerás actos impuros”. “Yo soy tu Dios, el que amó a los suyos hasta el extremo. Ama a tu prójimo como a ti mismo”.
Fr. José Granados
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