Tercera semana de Cuaresma
Dar fruto en el dolor
En el Evangelio de hoy, los habitantes de Galilea comentan lo que ha sucedido en Jerusalén durante la fiesta de Pascua. Algunos de sus compatriotas, que ofrecían un sacrificio en el Templo, han sido asesinados por Herodes. Su sangre se ha mezclado con la de la de los animales que ofrecían. Se plantea entonces la pregunta: ¿Por qué justamente estas personas? ¿No podía haberme tocado a mí?
Jesús escucha los rumores y da su interpretación. Nos invita a plantear la pregunta en primera persona, referida al presente de nuestra vida. ¿Cómo obro yo? ¿Hacia donde se encaminan mis pasos? ¿No me he de enfrentar también con la enfermedad y la muerte, tarde o temprano? Es bueno plantearse estas preguntas durante la Cuaresma, mirando cara a cara a nuestro destino. Jesús no quiere que nos angustiemos, sino que nos movamos a conversión. “Si no os convertís,” les dice, “todos pereceréis lo mismo.”
Para entender lo que quiere decir el Señor hay que mirarle a Él y a su camino. Avanza hacia Jerusalén donde va a ser ajusticiado, como aquellos galileos, a manos de Pilatos. La diferencia es que ahora su sangre, en vez de ser mezclada con la de los animales sacrificados, es la verdadera sangre del sacrificio, sangre derramada por amor que limpia los pecados.
Por eso Jesús cuenta enseguida la parábola de la higuera que no daba fruto. Lo importante, viene a decirnos, no es evitar el sufrimiento o la muerte: lo importante es que nuestro sufrimiento y muerte sean fecundos, que den mucho fruto. ¡Qué distinto sufrir cuando el dolor parece estéril y sufrir cuando se sabe que las lágrimas está regando un árbol que florecerá en abundancia!
San Agustín usa la imagen del estiércol, con el que el hortelano promete abonar el árbol, para que de fruto. Este estiércol es el dolor, la tristeza, el sufrimiento. Jesús lo vivió primero para que sigamos luego sus pasos. Lo importante, dice San Agustín, es que el estiércol esté en el lugar adecuado: a las raíces del árbol. Si lo ponemos en otro sitio (en medio de la carretera o en el salón de casa) el estiércol es feo y estéril.
¿Dónde está – pregunta entonces San Agustín – tu tristeza y tu dolor? Estás triste porque perdiste dinero, porque las cosas no salieron según tus planes. Estás triste porque envidias a tu vecino o compañero de trabajo. Esa tristeza es como el estiércol colocado fuera del árbol: no sirve para nada, no da fruto. Pero, ¿qué pasa si ponemos el estiércol donde le corresponde? Entristécete porque tu vida no se acerca a Dios, porque vives en el pecado, porque no amas de verdad a los tuyos. Esto es estiércol colocado en el alcorque del árbol; esto da fruto de vida eterna, para que no haya que cortar la planta.
El dolor fecundo, el sufrimiento que lleva a la vida: esto es lo que el Señor quiere enseñarte durante esta Cuaresma. Porque lo que a Él más le duele es que no demos fruto.
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