Sexto domingo del tiempo ordinario, ciclo C:

 

Instrucciones para salir de tu cueva

¡Bienaventurados los que lloran, los pobres, los que pasan hambre! ¡Ay de los que ríen, los ricos, los que están saciados...! Son las palabras que Jesús nos dice hoy en el Evangelio. Y resultan difíciles de entender.

Para iluminarlas podemos pensar en aquellos mineros que quedaron encerrados en los laberintos de una enorme cueva. “Tenemos suerte”, dijo uno de ellos, “las linternas funcionan bien”. Alumbrando el camino intentaron hallar la salida de la caverna. Pero era imposible: terminaban siempre caminando en círculo. Cansados decidieron sentarse y divertirse, cantando y contándose historias. Había provisiones para tiempo y no tenían por qué angustiarse. Reían y se saciaban. Pero, sin darse cuenta, el aire de la cueva se hacía cada vez más viciado y la comida se terminaba...

Imaginen que, después de un rato, se acabaran las pilas de las potentes linternas. Se puso fin de golpe al juego y alboroto: aquellos hombres ahora lloran y se encuentran a oscuras. Pero, de repente, uno de ellos se da cuenta: al fondo de aquel corredor se ve brillar un ligero hilo de luz natural. “Allí tiene que estar la salida de la cueva”, piensan. La luz de las linternas les cegaba y no habían descubierto aquella pista. Ahora empiezan a caminar despacio. Como no ven, van dando tropezones, pasan penuria y cansancio. Pero caminan hacia una luz que les permitirá respirar el aire limpio y salvar su vida.

Primero eran ricos, estaban saciados, reían. Pero la luz que les alumbraba no les permitía caminar ni levantar su vida. Al estar satisfechos nada les empujaba a seguir buscando, a crecer, a salir al aire libre.

Después lloran, pasan hambre, tropiezan. Bienaventurados, sin embargo, porque les alumbra la luz de la esperanza. Su llanto les empuja a buscar consolación, su oscuridad les permite ver la luz del sol que les guiará hacia el campo abierto.

Lo mismo ocurre en nuestra vida. Tenemos tantas posesiones y ocasiones de divertirnos que nos sentimos satisfechos. Pensamos que no necesitamos de los demás ni de Dios: nos basta nuestra propia lámpara para iluminar nuestra vida. Cuando pasamos momentos de dificultad nos damos cuenta, sin embargo, de que no nos bastamos a nosotros mismos. Tenemos que apoyarnos en otra luz, la luz del sol que entra al fondo de la cueva. Esa luz nos parece peor que la de las linternas, creemos que es menos poderosa porque sentimos menos su calor. Pero, sin embargo, es la luz que nos permite salir y respirar aire limpio.

Lo resume el profeta en la lectura: “Maldito el que confía en el hombre. Bendito el que confía en el Señor”. ¿Te atreves a apagar tu linterna para poder ver la luz del sol? Es la luz de nuestros hermanos, del tesoro que tienes en cada miembro de tu familia, que te obliga a salir de ti mismo. Es la luz de Dios, que se te acerca en la Eucaristía y quiere enseñarte un camino en tu vida. ¿O prefieres encerrarte en tu oscura caverna?

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