Primer Domingo de Cuaresma, ciclo A
La enfermedad y su medicina
La Cuaresma nos invita hoy a meditar en el pecado. Es una cosa que no nos gusta mucho. Nos da miedo abrir la ventana para que entre la luz en nuestro cuarto, porque sabemos que entonces se descubrirá la suciedad de nuestra vida. O nos pasa que no queremos ir al médico, por miedo a que nos descubra alguna enfermedad incurable y se nos obligue a cambiar de vida...
Pero imaginen, siguiendo con este ejemplo, que se hubiera descubierto una medicina para la enfermedad que tenemos. Imaginen que hubiera un médico excelente, que es capaz de operarnos y devolvernos la salud. Entonces ya no tendríamos miedo de acercarnos al doctor. Él nos diría, es verdad, palabras duras: “Tiene usted una enfermedad maligna que, si no se trata, lleva a la muerte.” Pero añadiría a la vez: “Gracias a Dios, no tiene usted que temer: ya se ha encontrado el tratamiento y la vacuna.”
Algo parecido ocurre en las lecturas de hoy. Escuchamos primero el pecado de Adán y Eva con sus terribles consecuencias. Nos entra miedo entonces de pensar en nuestra situación; querríamos cerrar los ojos para no ver nuestra herida. Pero entonces llega el evangelio. Aquí está Jesús, nuestro médico: Él venció al diablo y sus tentaciones. Lo que Adán destruyó, Él lo reconstruye. Se te abren los ojos y ves tu miseria, pero al mismo tiempo escuchas: no tengas miedo, yo he venido a salvarte del pecado. O, con San Pablo: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.”
Por eso la Cuaresma es tiempo de gran esperanza y alegría. Muchas veces miramos este tiempo como un tiempo triste, cuando es todo lo contrario. Se nos llama a abandonar el pecado que es lo contrario del amor, y por eso lo contrario de la verdadera vida. Donde hay pecado el mundo es gris y triste, porque hemos rechazado a Dios nuestro Padre. Donde hay pecado no hay hogar ni casa. Donde hay pecado el hombre está encorvado sobre sí mismo y no puede levantar la cabeza para ver lo grande que es la vida, el tesoro que Dios nos ha regalado en nuestros hermanos y en nuestro trabajo. El que ama sabe ver una bendición incluso en los momentos oscuros donde aparece el dolor y el sufrimiento.
Despierta, pues, del sueño del pecado. No tengas miedo de confesar tu miseria, pues al hacerlo te estás librando de ella. Cuenta al doctor tus dolencias, pues él tiene la vacuna y el bálsamo.
Termino con una anécdota que cuentan del filósofo Sócrates. Paseando un día por su ciudad de madrugada, vio a un hombre salir de una casa de mala fama. Aquel hombre era un discípulo suyo que, al verse sorprendido por su maestro, trató de esconderse avergonzado. Sócrates le dijo: “No tienes que ocultarte, hombre. En casas como estas lo vergonzoso es entrar, pero no hay ninguna vergüenza en salir.” Lo mismo nos ocurre a nosotros. Lo triste, lo que tienes que darnos miedo, es entrar en el pecado. Y no salir de él como, con la fuerza de Jesús y su perdón, podemos hacer en esta Cuaresma.
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