Quinto domingo del tiempo ordinario, ciclo C:
Confesar el pecado es confesar el amor
Las lecturas de hoy nos hablan de tres enviados: Isaías, el profeta; Pablo, el Apóstol; Pedro, el pescador de hombres.
Los tres hombres hacen su confesión. ¿Qué es lo que confiesan? En primer lugar, son testigos de la grandeza de Dios. Isaías: “¡Santo, Santo, Santo!”; San Pablo proclama la fuerza de la resurrección de Jesús; San Pedro se maravilla ante la pesca milagrosa.
Pero aquellos hombres confiesan algo más: sus pecados. Isaías: “Soy un hombre de labios impuros”. Pablo: “No soy digno de ser llamado Apóstol”. Pedro: “Apártate de mí, que soy un hombre pecador”.
Aprendemos hoy, así, algo muy importante sobre la confesión, tan importante en la vida cristiana. A veces no le damos importancia; descuidamos el sacramento de la penitencia. Pensamos que se trata de contar los mismos pecados. No nos damos cuenta de que reconocer los pecados es algo mucho más grande: se trata de confesar la fuerza y el poder de Jesús, de confesar lo importante que es su amor.
Si decimos que amamos a Dios pero no confesamos nuestros pecados, nuestro amor no es verdadero. Pues quien no reconoce sus pecados no cree que Dios sea verdaderamente grande, que sea capaz de perdonarle y ayudarle a empezar una nueva vida. No cree en el fondo en el amor de Dios.
Por otro lado, quien confiesa sus pecados sin reconocer la grandeza de Dios, cae en la desesperación: no ve que, más grande que sus pecados, es el poder de Jesús.
Hay dos confesiones, decía San Agustín: confesamos la grandeza de Dios; confesamos nuestra pequeñez. Las dos van unidas y nos ayudan a caminar en nuestra vida cristiana.
La confesión, además, es importante para vivir el perdón en nuestra familia, entre nuestros amigos. Pedir perdón es siempre a la vez reconocer la grandeza de la persona a que hemos ofendido. Nunca pedimos perdón a un objeto que se nos cayó al suelo. Quien pide perdón está haciendo algo grande: reconocer el amor, confesar que el amor merece la pena y que se debe luchar por él. Confesar que nuestra mujer, nuestro esposo, nuestros hijos, son importantes para nosotros y que por eso nos duele haberlos ofendido. No tengamos miedo a pedir perdón. Al hacerlo estamos confesando la grandeza de la persona y de nuestro amor.
El Señor nos llama a vivir en actitud de confesión en toda nuestra vida. Se trata de decir, en cada paso del camino: reconozco, Señor, mis pecados, mis ofensas a ti y al prójimo, porque reconozco que tu amor es grande, capaz de darme fuerzas y ayudarme a seguir caminando.
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