Cuarto domingo del tiempo ordinario, ciclo A
Los pobres están unidos
Escuchamos hoy en el evangelio las bienaventuranzas, que son como la definición de lo que significa ser cristiano: ¡bienaventurados los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos! San Pablo lo repite en su epístola: no escogió Dios a los poderosos ni sabios. Al oír este mensaje podemos recordar la anécdota del gran emperador Alejandro Magno. Le llevaron un día a uno de sus soldados, sorprendido mientras huía por miedo del frente de batalla. Alejandro le preguntó: ¿cuál es tu nombre? Me llamo Alejandro, como tú, respondió el soldado cobarde. El emperador se le quedó mirando durante unos segundos y luego dijo: Te doy dos opciones, o cambias de conducta, o cambias de nombre. Lo mismo podemos pensar nosotros al oír el evangelio. ¿Queremos conservar el nombre de cristianos? ¿Estamos dispuestos entonces a vivir las bienaventuranzas?
Nos preguntamos entonces: ¿por qué es feliz precisamente el pobre? Es que solo el pobre de espíritu, el que no se apega a los bienes de este mundo, sabe ver la riqueza verdadera, la del Reino de los cielos. Tomemos un ejemplo. Un navegante surcaba una vez mares desconocidos. Mientras era de día estaba contento sobre su nave, seguro y confiado de sí. Llegó entonces la noche: sin luz, todo se llenó de tinieblas. Aquel hombre se sintió pobre. Poco después, sin embargo, se dio cuenta de que la noche estaba iluminada. Podía ver las estrellas lejanas, su horizonte se había hecho mucho más grande. No solo eso: descubrió también la estrella polar, y con ella la ruta segura hacia el puerto que, cuando el sol brillaba, no había sabido seguir.
A nosotros nos deslumbran también los bienes materiales. Solo cuando nos sentimos pobres, sin embargo, podemos ver más profundo, a las cosas que verdaderamente importan en la vida. Vemos, sobre todo, la profundidad, la presencia de Dios y, con ella, el camino que orienta nuestros pasos. Como alguien decía: “Pedí a Dios todas las cosas para disfrutar de la vida; Él me dio vida verdadera para disfrutar de todas las cosas.”
Hay todavía algo más: la primera lectura nos dice que esos pobres son un resto santo, el pueblo de Dios. Mientras todo Israel se había desintegrado y dividido, solo los pobres que confiaban en Dios mantenían la unidad. Y es que el pobre tiene la única riqueza que permite construir una amistad, una familia, una Iglesia.
En efecto, quien solo aprecia los bienes materiales sabe que cuando los comparte se queda con menos. Sin embargo, hay otros bienes que crecen al darse a los demás. Pensemos por ejemplo en una canción que hemos aprendido de memoria. Cuando la enseñamos a un amigo no la perdemos; ha pasado de nosotros a los demás sin disminuirse. No solo eso: cuanto más la cantamos para que otros la oigan, mejor la sabemos, con más fuerza se graba en nuestro corazón.
Nos preguntamos porque hay tanta desunión entre nosotros. Lo que pasa es que no somos pobres de espíritu: nuestra vida está llena de ruidos que nos impiden escuchar la música más importante, la de la presencia de Dios en nuestra vida. Si aprendiéramos esta música nos daríamos cuenta de que ella nos une a los demás. Aprenderíamos a amar a nuestros amigos, hijos, marido o mujer, porque veríamos en ellos la imagen de Dios. Compartiríamos algo verdaderamente profundo. Ninguna fuerza sería capaz de dividirnos. Escuchando la música formaríamos un coro en que cada voz hace que las otras suenen mejor.
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