Tercer domingo del tiempo ordinario, ciclo C:

 

¿Cuerpo o Robot?

No trabajamos aislados. Cada uno tiene una tarea en su familia y en la sociedad. San Pablo compara hoy la Iglesia con un cuerpo. Las diferentes partes tienen una misión diferente y todas se complementan. No es bueno que todos sean mano, ni que todos sean brazo o corazón o cerebro.

Nos ocurre a veces que confundimos este cuerpo místico de Cristo con una especie de máquina en que cada elemento cumple la función que le toca. Pensemos por ejemplo en un robot: tiene piernas y brazos mecánicos que funcionan porque están articulados y cada pieza está en su sitio. Se parece esto también al trabajo en serie de una factoría. Cada empleado se ocupa de una pequeña parte de la construcción de un coche. El que hace el volante no sabe nada de ruedas y al que fabrica los asientos no le interesa el material con que se hace el parachoques. Basta que todos estén bien coordinados.

Así hacemos muchas veces nosotros en nuestra familia y en nuestra comunidad. Cada uno se ocupa de su función y cree que eso basta. El marido va a su trabajo, trae su dinero a casa, y no se preocupa de cómo haya ido el día a su mujer. La madre lleva a su hijo a la escuela y espera que los maestros se ocupen de todo, sin enterarse de lo que enseñan a sus hijos.

Pero San Pablo nos habla del cuerpo místico y no de un mecanismo místico, de una máquina mística. Una máquina es algo totalmente distinto que un cuerpo vivo.

Fijénse en la enorme diferencia. En el cuerpo vivo cada parte participa de la vida de todo la persona. No basta con que haga su función y se olvide de lo que sucede al resto. En cada pequeña célula del cuerpo está la información genética de toda la persona, todas son movidas por la misma alma, y por eso sufren y se gozan todas juntas. Si se estropea el tornillo de un robot puedo cambiarlo por otro parecido; pero para trasplantar un órgano necesito que el cuerpo no lo rechace, que se haga uno con el cuerpo, que comparta su misma vida.

En la Iglesia, en nuestra familia, se nos pide que seamos cuerpo, y no máquina. Sea cual sea nuestra función, todos participamos en una misma vida. Nos tiene que interesar lo que hacen los otros, tenemos que ayudarles a llevar su carga, sentir sus dificultades, alegrarnos con ellos. ¡Qué importante es para esto el verdadero diálogo, que hoy hemos substituido por horas de televisión! ¿Cómo vives tu trabajo y misión de padre, madre, esposo, hijo? ¿Eres un tornillo del gran engranaje o miembro vivo de un cuerpo vivo?

El inicio del Evangelio de Lucas nos muestra hoy cómo Jesús recibe su misión. El Padre le ha ungido con el Espíritu y le ha enviado a predicar. Este Espíritu es el amor, el amor que mueve a Jesús a dar su vida por ti, y que Él te da para que sea también motor de tu existencia. El cuerpo es uno porque lo mueve un mismo amor: ese es el código genético que tiene que inscribirse en cada célula de tu familia y de la Iglesia. Como decía Santa Teresita de Lisieux hablando del cuerpo místico: en el corazón de mi Madre, la Iglesia, yo tengo que ser el amor. Por eso, solo si acudes a la Eucaristía y participas del amor de Jesús, podrás convertirte en parte de un cuerpo: un cuerpo vivo y no un robot que, aunque se mueva mucho, será siempre un montón de chatarra.

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