Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C:
Las dos cuestas de Enero
Después de Navidad tenemos que subir la cuesta de Enero. La expresión se refiere a los gastos que se hacen durante las fiestas. A muchas familias les resulta entonces difícil que el presupuesto alcance para un mes tan largo. Enero se hace duro también porque terminaron las vacaciones, el tiempo de alegría y descanso. Volver al trabajo es como recibir una ducha de agua fría después de una noche de juerga.
En la liturgia comenzamos el tiempo ordinario y también hay que subir una cuesta de Enero. Pero es una cuesta muy diferente. ¿Pueden compararse estas dos cuestas?
La primera cuesta brota de la desilusión y el desencanto. Es como alguien que viaja en globo y de repente encuentra una fuga de aire, la cámara se desinfla y el dirigible viene a darse contra el suelo. Muchos viven la Navidad tratando de encontrar la felicidad en regalos y comilonas. Se hinchan un globo de falsas ilusiones que les sube muy alto. Pero esas ilusiones no son duraderas, acaban deshaciéndose: viene el batacazo y hay que recobrarse con esfuerzo de la caída.
¿Y la segunda cuesta? Es la de quien ha vivido la Navidad como regalo de Dios. En vez de inflar su globo con ilusiones falsas, descubrió la alegría verdadera: el Niño que se nos regala en Nochebuena y se convierte en promesa de un futuro grande. Es un regalo tan enorme que tenemos que crecer para poder acogerlo: y por eso hay que subir también una cuesta. Pero en vez del globo deshinchado, es ahora como alguien que escucha una llamada desde lo alto y a quien se le regalan dos alas para que pueda responder y subir la montaña.
Subimos una cuesta, no porque nos hayamos pegado un batacazo, sino porque la Navidad nos ha revelado lo grande y maravillosa que es nuestra vida. La cuesta de Enero no nace de una alegría desinflada, sino de un gozo que nos invita a crecer, de una misión a la que podemos entregarnos. En Navidad hemos descubierto el misterio de nuestra familia, nos hemos dado cuenta de la belleza de la amistad, Dios nos ha devuelto la fe en el amor verdadero que podemos construir en nuestra vida. Y ahora tenemos la fuerza para subir con alegría esta cuesta.
Las lecturas nos lo recuerdan poniéndonos el ejemplo de María. En Navidad ha sido Ella la que nos ha dado a Jesús. Todos la fuimos a visitar a la cueva y la aclamamos como causa de nuestra dicha. Ahora María asiste con su Hijo a las bodas de Caná. Jesús se ha hecho mayor, y empezará su ministerio público. María tiene entonces que dejarle partir: Jesús ya no va a estar en casa, obedeciendo a su Madre en todo. Por el contrario, ahora es María la que tiene que aprender a seguirle, a obedecerle y a vivir a partir de Él. Hoy empieza para ella la vida oculta. Como nos dice en el Evangelio, es el momento de “hacer lo que Él nos diga”.
En Navidad se nos dio un Niño. Cada hijo es siempre un regalo, un don inmerecido. Pero ahora ese Niño se nos muestra también como nuestro esposo, como el verdadero novio de las bodas de Caná. Y el esposo nos llama a unirnos con Él, a hacernos como Él, a subir a su altura. ¡Qué diferente es esta cuesta, y con cuánta alegría la podemos subir, aunque sea más empinada y ardua!
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