La luz de la estrella

Cuentan que, además de los tres reyes magos, vivía otro rey en Arabia que deseaba también encontrar al recién nacido. Cuando vio que sus compañeros se ponían en marcha decidió seguir su misma ruta. “¿Cómo encontraré el camino?” se decía. Entonces pensó que lo más importante para caminar era disponer de luz. Aquel hombre era tan sabio que había inventado ya por su cuenta los generadores eléctricos y las bombillas. Así que rodeó de luminosas farolas su larga caravana de camellos. “Con tanta luz”, pensó para sí, “podré caminar de noche y de día y llegará al portal antes que esos tres necios...”

No hace falta decir que aquel hombre nunca llegó a Belén. Pronto se cansó de dar vueltas en vano, porque no acertaba a ver la estrella que guío a los tres reyes. Le pasaba como cuando miramos al cielo desde una ciudad iluminada: no podemos distinguir las estrellas por el exceso de luz. Todas las luces con que nos rodeamos no nos dejan distinguir la distancia, nos ahogan en su resplandor.

Muchas veces nos quejamos de que nos falta luz. Parece que Dios no habla claro en nuestra vida. Nos gustaría ver qué caminos debemos tomar. E intentamos iluminar nuestra vida de muchas formas, con lámparas que expulsen las tinieblas y nos tranquilicen. Así nos pasa que vivimos muchas veces un empacho de luz. Necesitamos la luz de la televisión, de los espectáculos, de la diversión constante; en nuestras relaciones pedimos siempre cariño y más cariño, como una forma de que el amor ilumine cada uno de nuestros pasos.

Frente a todo esto los reyes magos nos enseñan a caminar en la noche, a apagar las luces que iluminan con demasiada fuerza nuestro entorno y no nos dejan ver la profundidad del camino. Solo en el silencio se puede escuchar la llamada, solo en la oscuridad puede brillar la estrella.

Ahora podemos entender cómo muchos sufrimientos de nuestra vida, que a nosotros nos parecen oscuridades, son la única forma en que Dios puede enseñarnos el verdadero camino. Padecemos una enfermedad, nos traiciona un amigo, perdemos el trabajo... o tal vez nos damos cuenta de la fragilidad de una persona amada y no vemos cómo solucionar nuestras diferencias, cómo perdonar a nuestro cónyuge o corregir a un hijo rebelde. ¿Qué es lo que ocurre? Dios nos quita las luces cercanas, no porque pretenda dejarnos a oscuras, sino porque quiere que veamos el sentido de todo nuestro caminar. Se apaga durante ciertos momentos, como hace los faros, porque solo así se convierten en guía segura en la tormenta.

Ten paciencia. Espera y verás cómo tus ojos se acostumbran a la noche; te darás cuenta de que ves muchas más cosas de las que pensabas. Podrás entonces levantar la vista hacia lo alto y reconocerás una luz especial, la estrella que se convierte en orientación de toda tu vida. A quien contempla la estrella de Dios le sobran las farolas, porque conoce el camino verdadero. Y hasta la misma oscuridad le sirve para ver lucir al cielo estrellado.

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